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Buitres, el Chat de Terra sigue existiendo.
Os lo digo porque anoche entré.
Me puse Matador84 de nick.
Y una mujer, llamada TrianeradeCuna, me ha propuesto tomar un vermú el domingo que viene en la Latina. Yo, que soy padre de dos criaturas, divorciado, usuario de auriculares con cable y propietario ocasional de una dignidad intermitente, le he dicho que sí.
No «ya veremos».
No «me viene un poco justo».
No «lo hablamos».
Sí. Rotundo.
Como un kamikaze de las citas a ciegas.
Ahora os cuento cómo he llegado hasta aquí, porque necesito que alguien me explique en qué momento exacto he perdido la custodia compartida de mi sentido común.
El domingo a las siete y media entregué mis hijos a su madre. Digo «entregué» porque cuando uno está divorciado todo suena a trámite judicial, aunque solo estés bajando dos mochilas, una chaqueta que no es de nadie y una bolsa con cromos repetidos que algún día acabará en una vista oral.
Bosco tiene catorce años y ya me mira como si yo fuera una actualización pendiente de instalar en su móvil. Lucas, que es más pequeño y todavía conserva algo parecido al cariño explícito, me llamó Papá Securitas porque comprobé si la puerta de casa estaba cerrada tres veces antes de bajar.
Tres.
No cuatro.
No empecéis.
La cuarta fue después, cuando subí solo, y eso ya pertenece a otra jurisdicción psiquiátrica.
Inés estaba esperándolos abajo en su Audi Q5, que siempre parece recién salido de un anuncio de banca privada. Mi exmujer tiene esa capacidad: aparcar en doble fila y que parezca una decisión patrimonial. Me dio las buenas tardes con esa cordialidad gélida que patentó el día del divorcio y que perfecciona cada vez que me ve. Bosco se metió en el coche sin despegar la mirada del móvil. Lucas me dijo adiós con la mano. Inés me preguntó si había metido el chándal del colegio en la mochila.
—Sí, claro —respondí.
Mentira.
Una mentira con las patas cortísimas. Lo peor no era que el chándal probablemente no estuviera en la mochila. Lo peor era que Inés ya lo sabía con total certeza.
Inés me miró. No dijo nada. Ese es su superpoder. Inés no necesita decir «eres un desastre». Lo piensa con tanta claridad que te llega por telepatía.
Subí a casa. Comprobé la puerta. Dejé las llaves en el cuenco de las llaves, que es el único objeto de mi casa que mantiene una relación estable conmigo, y me quedé de pie en el salón.
En ese momento, vi la mochila de Lucas en el recibidor.
Con su correspondiente chándal. Con los deberes del lunes dentro. La mochila que debería estar en el Audi Q5 de banca privada camino a casa de su madre.
Llamé a Inés.
No respondió.
Me mandó un audio.
Inés envía audios como si dictara actas notariales. Sin saludo. Sin despedida. Diez segundos con la sensibilidad de un extracto bancario.
«Pepe, ya sé que se ha dejado la mochila. Tráela mañana antes de las ocho al colegio. No al portal de casa. A la puerta del colegio. Y la próxima vez revísale las cosas antes de bajar, que para eso eres su padre.»
Para eso eres su padre…
Diez segundos de audio y la última frase es para eso eres su padre.
Si alguna vez inventáis un sistema para medir el daño emocional por segundo de audio de WhatsApp, Inés batirá récords.
Domingo.
Ocho de la tarde.
Silencio.
Ese silencio que al principio parece paz y a los diez minutos ya parece que la vida te ha dejado en visto.
Podría haber hecho algo de provecho. Poner una lavadora. Leer. Salir a correr. Llamar a mi madre. Preparar comida para el lunes. Revisar los pagos del colegio. Cualquier actividad adulta, gris y funcional.
Así que me serví un ron miel.
No sé por qué tengo ron miel en casa. No recuerdo haberlo comprado. Sospecho que apareció un día, como aparecen las humedades en el techo o los kilos de más. Pero ahí estaba. Me puse un copazo con más entusiasmo que criterio y busqué algo que sonara a mala decisión.
Sonó Para no verte más, de La Mosca.
Sí.
Ya lo sé.
Podéis ir preparando el insulto, pero esperad, que todavía no he llegado a Terra.
Me puse los auriculares de cable. Bosco dice que mis auriculares le dan «todo el cringe». Lo dice así, con esa naturalidad con la que su generación usa palabras que parecen síntomas de una enfermedad terminal. Pero a mí me gustan. No hay que cargarlos. No cuestan lo mismo que una revisión del coche. Son auriculares. Tienen cable. Funcionan. Fin de la innovación.
Y entonces pasó.
Con La Mosca a todo volumen y el ron miel empezando a hacer de las suyas sentí el «picorcito».
Esa cosa que sienten algunos hombres de cuarenta y dos años cuando creen, durante tres minutos y cuarenta segundos, que todavía queda algo de su versión de los veinte.
Pepe, estás solo y chisposo.
Pepe, esto no puede acabar bien.
Pepe, abre Google.
Abrí Google.
Escribí:
chat Terra sigue existiendo
Y seguía. Como siguen las cosas que nadie ha tenido el valor de desenchufar. Con salas. Con nicks. Con gente. Un domingo. En 2026.
La pantalla. Terra. Quince años después. Como volver a la puerta de una ex a las tres de la mañana: sabes que no deberías estar ahí, pero ya has llegado.
El sistema me pidió un nick.
Aquí conviene aclarar una cosa: cuando un hombre de cuarenta y dos años se encuentra delante de una casilla que pone «elige tu nick», no piensa. Recuerda. No consulta con su terapeuta. No respira. No se pregunta si quizá sería mejor usar su nombre real, o uno neutro, o algo que no diera ganas de cerrar sesión desde la otra punta del planeta.
Mis dedos escribieron solos.
Matador84.
Buitres, lo sé.
Lo sé mejor que vosotros.
Sobran las palabras.
A los veintitantos yo entraba en Terra desde un piso compartido en Moncloa y me creía un castigador. No peligroso de verdad, claro. Peligroso en el sentido en que puede serlo un tío con gomina, patillas de Curro Jiménez y dos frases preparadas para cada tipo de chica. Iván, mi compi de piso, me llamaba fucker de saldo. Lo decía con admiración, que es lo preocupante.
Yo tenía paciencia para el privado. Tenía táctica, repertorio y funcionaba.
O eso quería recordar.
El problema de los recuerdos es que la memoria no tiene control de calidad.
Entré en la sala.
#Másdecuarenta.
Sí.
#Másdecuarenta.
No iba a meterme en veinteañeras. Tengo múltiples defectos, pero la ceguera no es uno de ellos.
Había gente. Mucha más de la que esperaba. Nicks de todo tipo. Algunos parecían rescatados de Proyecto Hombre.
Decidí leer el general antes de abrir la boca. Lo que vi fue el equivalente digital de un bar de carretera a las tres de la mañana: todo el mundo buscando lo mismo y nadie dispuesto a admitirlo.
Conquistador_VLC: Buenas noches sala. Empresario consolidado. Busco secretaria para proyecto personal. Buena remuneracion. Solo chicas con buena presencia. Soy generoso con quien sabe valorarme.
«Secretaria para proyecto personal.» «Soy generoso con quien sabe valorarme.» Un cazatalentos en Terra. Cada uno que entienda lo que quiera. Yo entendí lo que entendí.
LoboSolitario_Bcn: alguien aqui de barna?? busco compañia sin rollos ni dramas
Sin rollos ni dramas. La frase más repetida en internet desde que pasamos de la peseta al euro.
Kampanilla77: jajaja lobo eso dicen todos y luego a la semana ya estais pidiendo exclusividad y las claves del movil
LoboSolitario_Bcn: yo no soy todos
Kampanilla77: eso tambien lo dicen todos
MaduritoInteresante: 1,78. 83 kg. Moreno. Atletico. Profesional liberal. Coche propio. Piso en propiedad. Sin cargas. Viajo mucho. Busco mujer 30-40 que se cuide y no fume.
MaduritoInteresante vendiéndose como si fuera un anuncio de Wallapop con aspiraciones de concesionario de lujo.
JyM_Parejareal: Hola sala!! Somos pareja estable buscando amistad y complicidad. Abiertos a nuevas experiencias. Solo gente con nivel.
«Solo gente con nivel.» Más peligro que un mono con dos pistolas.
Me hundí un poco más en el sofá. Bebí un trago largo de ron miel. No por sed. Supervivencia pura y dura.
Discreto_Madrid: Busco encuentros discretos. No mando foto. Preferiblemente zona norte de madrid.
Morenazah89: vamos que estás casado
Discreto_Madrid: No he dicho eso. Solo busco discrecion.
Morenazah89: Solo te falta decir que no puedes quedar los fines de semana.
Discreto_Madrid: La verdad es que me viene mejor entre semana.
¿Discreto? Sí ¿Con menos luces que un barco pirata? También
CorazonRoto_Madrid: Mi ex me dejo por un profesor de crossfit. Llevo tres meses sin dormir. Alguien sabe lo que es la lealtad?
Kampanilla77: cariño esto es un chat no un consultorio sentimental
CorazonRoto_Madrid: Ya pero al menos aqui me leen. En casa ni el gato me hace caso.
Me identifiqué más de lo que me habría gustado con el del gato.
Dulce_Veneno_69: Hola sala!! Soy nueva aquí. 26 años. Me encanta viajar el gym y conocer gente interesante jijiji. Busco sugar que me pague mis caprichos.
Conquistador_VLC: Dulce si quieres conocer a un caballero de verdad aqui me tienes. Te mando privado con la oferta.
MaduritoInteresante: Dulce yo tambien te mando privado. Sin compromiso.
LoboSolitario_Bcn: dulce escribeme si quieres quedar en barna
Tres hombres. Tres respuestas en menos de diez segundos. Dulce_Veneno_69 era carnaza y todos los tiburones desdentados habían olido la sangre al mismo tiempo.
Semental_Cadiz: 23 cm verificados. No es broma. Quien quiera comprobarlo que escriba al privado. Abstenerse feas.
Morenazah89: amos aver 23 cm de ke??? jajajjajja
Kampanilla77: de ego Morenazah de ego
Semental_Cadiz: cuando lo veas me cuentas
Kampanilla77: pues que te lo cuente tu urólogo
Veintitrés centímetros verificados en un chat un domingo de enero. Si su madre leyera este mensaje le quitaba el wifi, el móvil y el apellido. De postre, cambio de nick: Bofetón_Chipiona.
Me miré los pantalones del pijama. Los calcetines de rombos. La bolsa de pistachos medio vacía. Encajaba perfectamente en esta sala. Y eso era lo más preocupante de todo.
Ese era el ecosistema. Caballeros sin dama. Lobos sin manada. Parejas sin vergüenza. Casados sin coartada. Y un tío de Chipiona con veintitrés centímetros verificados.
Respiré hondo.
Me dije: tranquilo, Pepe. Solo estás de visita.
A los tres minutos estaba escribiendo privados.
Empezamos fuerte.
Intento número uno: AlmaLibre85.
En el general había escrito:
Mujer libre, sin compromisos, gente normal por favor.
Gente normal. Ahí ya debí retirarme. Ninguna persona que escribe «gente normal por favor» está preparada para recibir un mensaje de Matador84.
Pero yo estaba en modo explorador.
Le escribí:
Matador84: Buenas noches, alma libre.
No contestó.
Le vi escribir en el general. Le vi reír una gracia a Conquistador_VLC. Le vi mandarle un beso a Naviero_55, que probablemente era un señor de Teruel que no había visto el mar ni en foto.
A mí nada. Ni un emoticono de cortesía. Ghosteado en Terra en 2026 por una mujer con un nick de perfume de Mercadona.
En ese instante visualicé a Bosco mofándose de mi:
«Cómo te han ghosteado Padre. LooooooL».
Me abrí una bolsa de pistachos para acompañar al ron.
Intento número dos: MarianaSur.
MarianaSur escribió:
busco compañía sincera, sin tonterías.
Me pareció una petición razonable. Compañía sincera. Sin tonterías. Yo era la compañía perfecta. Y las tonterías, bueno, nadie es perfecto…
Le abrí privado y escribí:
Matador84: Buenas noches, vengo en son de paz.
En son de paz.
En 2026.
Con cuarenta y dos años.
Sorprendentemente, ella me respondió con rapidez:
MarianaSur: hola
MarianaSur: edad?
Ahí tuve una oportunidad. Podría haber escrito «cuarenta y dos» con aplomo. Podría haber respondido «42, bien llevados», que es una frase que solo usan personas que no llevan bien nada. Podría haber hecho una broma.
Escribí:
Matador84: 42
1, 2 y 3.
MarianaSur ha abandonado el chat.
Tres segundos tardó en leer mi edad y evacuar la zona.
Me comí seis pistachos seguidos.
Intento número tres: VivaSevilla38.
Esta me pareció la definitiva. Sevillana, treinta y ocho años, «mucha guasa», según escribió en la sala. Pensé: paisana. Pensé: vamos que nos vamos.
Y entonces hice lo que siempre hago cuando creo que juego con el factor campo a favor: entré con los tacos por delante.
En el general escribí:
Matador84: ¿Qué pasa Cabesa? ¿Cómo va la cosa por Sevilla?
Le escribí Cabesa. A una mujer. Si mi madre se entera me desheredan por la vía rápida.
Inesperadamente, me contestó por privado.
Hablamos un rato. Vivía cerca de La Palmera. Separada. Una hija de quince. Bética. Tenía gracia. Yo empecé a venirme arriba como un parguela.
Entonces me preguntó si quería ver una foto.
Buitres, aquí quiero que conste en acta que yo dudé. Poco. Pero dudé.
Acepté de inmediato.
Me mandó una imagen.
La abrí.
Era una fotopolla descomunal…
Sin filtros. Sin entrar en detalles…
Con todo su afecto.
Tardé unos segundos en entenderlo, que es otra forma de decir que mi cerebro ya estaba trabajando en horario reducido.
VivaSevilla38 era un tío. Un tío hecho y derecho con más testiculina que yo y un sentido del humor discutible.
Cerré el privado.
Me levanté.
Fui al baño.
Me miré en el espejo.
Tenía los cascos colgando del cuello, los ojos chisposos, una cáscara de pistacho pegada al dedo y la expresión exacta de un hombre que ha intentado recuperar su juventud y se ha llevado la primera en la frente.
—Pepe —me dije—, tienes más óxido que un chatarrero rumano. Cierra el portátil y vete a la cama.
Me lavé la cara.
Volví al salón.
Me senté en el sofá.
Llevé el cursor hasta la X para cerrar Terra.
Y entonces sonó.
Bling.
Privado nuevo.
TrianeradeCuna: Mira, Matador, lo de cabesa tiene delito. Si eres sevillano te lo perdono. Si no lo eres, cierra el privado y vete con Conquistador_VLC a buscar secretarias.
Me quedé en pausa.
Quité la mano del ratón.
Leí el mensaje otra vez.
TrianeradeCuna.
Ese nick era mejor que el mío. Mucho mejor. Tenía gracia, categoría y solera. Mi nick parecía sacado de la matrícula de un Seat Ibiza tuneao. El suyo a mujer que huele a azahar.
Además, yo no le había abierto privado.
Me había escrito ella.
Esto, para que los jóvenes lo entiendan, es como cuando en el colegio te eligen para el equipo del recreo sin que tengas que levantar la mano. Una anomalía. Un milagro. Un subidón de autoestima.
Las manos.
Pringadas de sal y restos de pistacho.
¿Así vas a contestar al primer ser humano interesante de la noche? – me reproché.
Me limpié en el pantalón del pijama.
Como un caballero con modales exquisitos.
Escribí:
Matador84: Sevillano de pura cepa. Y si eres de Triana somos casi vecinos, porque soy de Los Remedios, aunque llevo demasiado tiempo amargándome en los Madriles.
Le di a enviar.
Y justo después de enviarlo hice lo que todo hombre inseguro hace después de mandar un mensaje medianamente importante: lo releí como si fuera un contrato hipotecario.
Amargándome.
¿Por qué había escrito amargándome?
¿Quién usa amargándome para ligar?
Estuve a punto de mandar un segundo mensaje:
Lo digo en broma, eh. No soy un amargado. Bueno, un poco. Pero buena gente.
No lo mandé.
Ese fue mi primer acierto de la noche y me dejó agotado.
Ella respondió:
TrianeradeCuna: ¡Anda qué de casualidades y qué cerquita, vecino! Aquí tienes otra amargaíta a la fuerza en la capi…
Me pasó algo raro.
Sonreí como un bobo.
Pero no una sonrisa de «he colocado un chiste». Una sonrisa peor. De esas que salen solas y te dejan con toda la cara de Forrest Gump y su cajita de bombones.
Paré la playlist.
Dejé los pistachos.
Me incorporé en el sofá.
Y durante las siguientes tres horas y media hablé con TrianeradeCuna.
No os voy a contar todo lo que hablamos, porque entonces esto duraría más que una junta de vecinos y yo todavía conservo algo de piedad. Pero os resumo lo importante.
Era sevillana.
Vivía en Madrid.
Tenía cuarenta y dos.
Escribía rápido.
Se reía escribiendo, que parece una tontería, pero no lo es. Hay gente que escribe «jajaja» con el mismo espíritu que la Charo de turno te sella un documento en el Inem.
Ella no.
TrianeradeCuna tenía ritmo.
Tenía la mala leche justa. Tenía ese tipo de guasa que te coge del cuello de la camisa y te dice «ya te has pillao hasta las trancas».
En algún momento me preguntó:
TrianeradeCuna: ¿Y qué hace un sevillano en Madrid además de quejarse del frío y decir que allí se vive mejor?
Matador84: Principalmente eso. A veces trabajo para disimular.
TrianeradeCuna: Bien. Al menos eres consciente de tu especie.
Ahí debí cerrar Terra y retirarme por todo lo alto.
No lo hice, claro.
Me contó que estaba en Terra «por motivos científicos».
Yo no pregunté más porque soy idiota, pero no tanto como para interrumpir una frase así.
También hablamos de Madrid. De Sevilla. De cómo los sevillanos en Madrid tenemos una relación insoportable con nuestra propia nostalgia. De bares que ya no existen. De bodas. De canciones. De ese momento en que te das cuenta de que ya no sabes si echas de menos una ciudad, una edad o una versión tuya que probablemente era bastante más deteriorada de lo que imaginas.
A ratos me olvidaba de que estaba en Terra.
A ratos me acordaba y me daba más vergüenza.
A las doce menos cuarto escribió:
TrianeradeCuna: Si Matador y Trianera coincidieran un día en algún sitio físico, ¿crees que se reconocerían?
Leí la frase tres veces.
Tres.
La primera vez la leí como adulto.
La segunda como divorciado.
La tercera como gilipollas funcional con ron miel.
Me levanté del sofá sin saber por qué. Di dos pasos. Volví a sentarme. La puerta. Cerrada. Eso ya lo sabía porque la había comprobado cuatro veces.
¿Qué responder a esa pregunta?
Opción A:
No sé, todavía no nos conocemos lo suficiente.
Responsable.
Opción B:
Jajaja, quién sabe.
Cobarde.
Opción C:
Habría que comprobarlo.
La elegida por un hombre que ha tenido toda la noche para aprender y no ha aprendido una mierda.
Escribí:
Matador84: Habría que comprobarlo.
Le di a enviar.
Me arrepentí diecisiete veces antes de que el mensaje terminara de aparecer en pantalla.
Entonces pasó la cosa más terrorífica del vocabulario digital contemporáneo.
TrianeradeCuna está escribiendo…
Desapareció.
Volvió.
Desapareció.
Volvió otra vez.
Yo estaba tan expectante que hasta los pistachos parecían preocupados.
Cogí uno y lo trituré con los dedos sin darme cuenta. Se me quedó la mano llena de polvo salado. Si Ana —todavía no sabía que se llamaba Ana, pero permitidme el spoiler emocional— hubiera podido verme en ese momento, habría cerrado Terra, apagado el router y cambiado de continente.
Por fin apareció su mensaje.
TrianeradeCuna: A ver, agacha las orejas, Matador, que yo con los desconocidos de internet no quedo así por las buenas…
Bien.
Correcto.
Sano.
Cabal.
Game Over.
Gracias a Dios.
TrianeradeCuna: Pero si casualmente el domingo que viene te apetece un vermú por la Latina, a una servidora puede que también.
Ahí estaba.
El vermú.
La Latina.
Domingo.
Sí, Pepe, sí. No te pellizques. Estás despierto.
Mi cerebro empezó a abrir pestañas.
Domingo.
Niños con Inés.
Yo libre.
Vermú.
La Latina.
Trianera.
Cuarenta y dos años.
Motivos científicos.
Auriculares de cable no, por Dios, los cascos no.
¿Tengo una camisa decente?
¿Sigue existiendo mi cuerpo o solo administro mis funciones vitales?
¿Esto es una cita?
Podría haber contestado con calma.
Podía haber escrito:
Me apetece, lo vemos estos días.
Podría haber mantenido un mínimo misterio.
Podría haber sido un hombre.
Escribí:
Matador84: Casualmente, me encantaría.
No «podría».
No «quizá».
No «lo hablamos».
Me encantaría.
Ella respondió:
TrianeradeCuna: Muy bien, Principito. Ya concretaremos. Buenas noches, Matador.
Principito.
Me llamó Principito.
No sé qué significa. No sé si era cariñoso, ofensivo o quirúrgicamente preciso. Pero me gustó. Y eso es lo que más me preocupa.
Escribí:
Matador84: Buenas noches, Trianera.
Cerré el portátil.
Me quedé sentado en el sofá.
La casa seguía igual. El mismo silencio. El mismo cuenco de las llaves. La misma puerta. El mismo ron miel. La misma bolsa de pistachos. Pero algo había cambiado y eso me fastidió mucho, porque soy malísimo para adaptarme a los cambios. Yo soy bueno comprobando puertas, llaves de la luz, perdiendo camisetas de los niños y fingiendo que no me importa estar solo un domingo por la noche.
Me levanté.
Comprobé la puerta.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Apagué las luces.
Volví a comprobar las luces porque ya me había liado.
Me metí en la cama.
Y entonces pensé una cosa que me dejó un poco tocado:
La frase «casualmente, me encantaría» la podría haber escrito cualquiera.
Cualquiera menos el Pepe de las ocho y media.
El Pepe de las ocho y media habría visto una serie mala, habría scrolleado Twitter, habría fingido interés por un debate futbolero, habría apagado la luz y se habría dormido con esa tristeza limpia de la soledad nocturna dominical.
Pero Matador84 no. Matador84 había quedado para un vermú.
Con una desconocida. Del Chat de Terra.
En 2026.
Buitres, necesito consejo.
El domingo es dentro de seis días, o siete, según cómo cuente mi ansiedad.
Tengo una cita —o una emboscada con aceitunas— con una mujer que se llama TrianeradeCuna, que dice estar en el Chat por motivos científicos y que me ha llamado Principito sin pedirme permiso.
Puerta grande o enfermería.
Mis opciones son:
A) Ir al vermú, no hablar de mi ex, no hablar de mis hijos, no hablar de mis auriculares de cable y descubrir en tiempo real que sin esos tres temas soy un hombre sin contenido.
B) No ir, borrar el historial, quemar el portátil y mudarme a un pueblo de Soria donde nadie tenga wifi ni sepa qué es Terra.
C) Contárselo a Iván, que sería como soltarle un rottweiler al cartero y esperar que solo le lama la mano.
D) Hacer lo que voy a hacer de todas formas: ir, llegar veinte minutos antes, dar tres vueltas a la manzana y entrar en el bar con cara de hombre que pasaba por aquí por casualidad.
No contestéis todavía.
O sí.
Me da igual.
PD: Llevo veinte minutos mirando camisas en el armario.
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Buitres, he cometido un error.
«Menuda sorpresa» — diría Inés…
Ya sé que, tratándose de mí, la frase no tiene demasiado valor informativo, pero esta vez conviene precisarlo: cometí el error garrafal de contarle a Iván lo de Terra.
Sí, a Iván.
El mismo que lleva veinte años llamándome fucker de saldo y que una vez intentó ligar en una boda diciéndole a una prima de la novia que tenía «manos de pianista» cuando la chica solo estaba pelando gambas.
A ese Iván.
Pero lo hice. En el bar de Rafa, el lunes por la noche, a la segunda caña, le dije:
Anoche me metí en el chat de Terra.
Iván dejó el vaso en la barra. Me miró. Parpadeó. Y entonces empezó a reírse.
No una risa normal. No una risa de «qué gracioso». Una risa escandalosa que hizo que Rafa levantara la vista de la freidora como quien escucha los aullidos de una hiena en celo.
—¿En Terra? —dijo Iván, secándose los ojos—. ¿En el chat? ¿El de tooodaa la vida?
—Sí.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Matador84?
No hizo falta contestar. Me delató mi cara, como si fuera un crío al que le preguntan quién se ha comido el Cola Cao a cucharadas.
—¿Cómo sabes que me puse Matador84?
Iván apoyó una mano en mi hombro con una condescendencia insoportable.
Pepitooo. Por favor…Te conozco como nadie, atontao. ¿Qué te ibas a poner? ¿MozartLover42? ¿Ecofriendly84? No. Tú eres Matador84. Lo serás hasta en la residencia de ancianos. Entrarás al bingo con tu tacatá y pondrá Matador84 en tu cartón.
Se rio cinco minutos. Cinco. No exagero. Hubo fases. Primero risa aguda. Luego risa muda. Luego palmadas en la barra. Luego repetición del nick en voz baja, como si estuviera catando un vino de categoría.
—Matador84 —repetía cansinamente—. ¡Qué maravilla! ¡Estamos de vuelta!
Yo me comí las aceitunas. Rafa siempre me pone unas aceitunas rancias al lado de la caña. Nunca las pido. Nunca las quiero. Pero ahí están siempre, como un detalle de bodegón triste que ya es parte de mi vida. Me las comí con resignación y resentimiento.
Cuando, por fin, recuperó la respiración, hizo lo que Iván hace siempre que huele una mínima posibilidad de desastre sentimental: se colocó en modo consejero. Que Dios nos asista.
—A ver —dijo—. Pregunta crucial. ¿Has ligado o solo has entrado a verlas venir?
—He hablado con una mujer.
—¿Mujer real?
—Eso espero -dije con más miedo que vergüenza.
—¿Nick?
Dudé. Supongo que porque decir el nick de Trianera en voz alta delante de Iván era como sacar la vajilla de la abuela en una despedida de soltero.
—TrianeradeCuna.
Iván se puso serio.
—Buen Nick.
—Ya.
—Mejor que el tuyo.
—Gracias.
—Mucho mejor. Ella parece una mujer con mundo. Tú pareces un aspirante a miembro de Desokupa.
Pedí otra caña. Por supervivencia pura y dura.
Le conté lo justo. Que habíamos hablado el domingo. Que era sevillana. Que vivía en Madrid. Que tenía cuarenta y dos. Que me había llamado Principito. Que había dejado caer lo del vermú en La Latina.
No le conté lo de la sonrisa de bobo.
No le conté que me acosté a las tantas evaluando mis camisas.
Iván escuchaba con atención. Eso en él siempre es mala señal. Cuando Iván escucha de verdad, se masca la tragedia.
—El vermú es perfecto —sentenció—. No es una cena, que tiene postre y drama. No es un café, que es más triste que un domingo sin dinero. El vermú dice: soy un adulto con criterio, tengo cosas que hacer después, pero de momento me apetece intoxicarme ligeramente contigo antes de comer.
—Hay un problema.
—¿Cuál?
—John me ha pedido que cubra una guardia el domingo por la mañana. Desde las siete. Estaría libre sobre la una.
—¿El sociópata? ¿El guiri tocapelotas?
—El mismo.
Iván tiene una teoría sobre los jefes ingleses. Dice que son la única raza de directivo que es capaz de despedirte un viernes a las cinco, invitarte a una pinta después y decir brilliant cuando les cuentas que se te ha inundado el piso. John encaja en esa teoría como un guante. Es el tipo de jefe que sonríe cuando te da una pésima noticia. Que dice lovely cuando Manolo le pone un café con leche en vez de su flat white. Que te palmea el hombro después de joderte el fin de semana y te llama legend como si acabara de concederte una condecoración.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Iván.
—Claro, John. Sin problema.
Iván me miró con la compasión de quien contempla a un perro que vuelve a morder el mismo zapato.
—Eres su felpudo, Pepe.
—Seguro que este año me asciende.
—Eso le decías a Inés y mira cómo acabó todo.
Hay amigos que te apoyan. Amigos que te escuchan. Y amigos que te apuñalan con tu propia biografía. Iván es de los terceros.
Rafa dejó unas bravas delante de nosotros.
—Invita la casa —dijo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque si seguís hablando de ligar a vuestra edad, necesito que mastiquéis algo para no escucharos.
Rafa es un cabrón, pero es nuestro cabrón.
—Yo también me meto en el Chat de Terra…
Casi me atraganto con la aceituna.
—¿Cómo que tú también estás en Terra?
—Pues eso. Que he vuelto a hacer mis pinitos.
—¿Desde cuándo Iván?
—Tres meses.
—¿Tres meses?
Nada…Picoteo de vez en cuando.
—¿Tres meses en Terra y no me lo has contado?
—Tú tampoco me lo dijiste.
—Yo llevo un día, Iván. Un día y medio si contamos la resaca moral.
—Bueno, pues ahora tenemos de nuevo tema común.
No sabía si abrazarle o pedir una orden de alejamiento digital.
—¿Y cómo te llamas?
Iván se enderezó.
Aquí conviene que imaginéis la escena. Iván, cuarenta y tres años, cazadora de cuero comprada en la burbuja de 2008, bravas en la comisura del labio y una solemnidad que no correspondía con nada de lo que estaba a punto de decir.
Carraspeó.
—EjecutivoAtractivo43.
Buitres.
Yo lo intenté.
Os juro que intenté ser un buen amigo.
Intenté no reírme.
Intenté pensar en cosas tristes: los impuestos, mi divorcio, la cuota de mi hipoteca o la vez que Bosco me dijo que mis playlists parecían «hilo musical de un tanatorio».
Nada.
No hubo manera.
—Ejecutivo… —empecé.
—No sigas.
—Atractivo…
—Pepe.
—Cuarenta y tres.
—Te estás jugando una hostia.
Me dio un ataque de risa que casi me mata. Me reí con una mezcla de alivio, vergüenza ajena y esa felicidad miserable que produce descubrir que tu mejor amigo está igual de hundido que tú, pero con peor branding que un puticlub de la España vaciada.
Iván aguantó con bastante entereza, que es más de lo que se puede decir de su nick.
—Por lo menos el mío proyecta algo —dijo.
—¿Qué proyecta?
—Mentalidad de Tiburón.
—Proyecta a vendedor de seguros casposo.
—También proyecta que tengo trabajo.
—Ejecutivo no eres.
—Tengo camisas.
—Atractivo es discutible.
—Eso lo decide el mercado.
—Y cuarenta y tres es una confesión.
—La transparencia genera confianza.
Le quiero mucho. No de una forma sana, probablemente. Hay amistades que se mantienen porque a cierta edad ya da pereza explicar tus taras a gente nueva.
Pedimos otra ronda.
Sí.
Otra.
No me miréis así. Vosotros no estabais allí. No habíais escuchado a un hombre adulto defender su nick EjecutivoAtractivo43 como si estuviéramos en una agencia de publicidad.
Iván me explicó su método en Terra.
Su método consistía, básicamente, en no hacer nada.
Entraba en salas de mayores de cuarenta, se quedaba en silencio y esperaba a que alguna mujer interpretara su ausencia de actividad como misterio.
—Eso no es un método —dije—. Es estar conectado.
—Es elegancia pasiva.
—Es no participar.
—Exacto. No parezco desesperado. Dejo que las chatis vengan a mí.
—Iván. Llevas tres meses en Terra y te han hablado dos bots, un estafador de criptomonedas y una señora de Valladolid que buscaba consejo para su depósito a plazo fijo.
—Roma no se construyó en un día.
—Roma se construyó antes que tú te comas un rosco con EjecutivoAtractivo43.
Señaló mi caña.
—Tú ríete, pero el problema de Matador84 es que huele a esfuerzo. EjecutivoAtractivo43 a auténtico privilegio para ellas. Filtra y selecciona cuándo y cómo quiera.
—¿En serio te lo crees, Iván? —pregunté con mueca de alucine total.
—Tú has quedado porque las mujeres perciben la decadencia y quieren arreglarla.
Aquello me dolió porque podía ser verdad.
El móvil. 23:42
¡Once y cuarenta y dos!
Trianera podía estar conectada. Podía estar esperándome. Técnicamente dijimos que ya hablaríamos. Pero en mi cabeza tenía un compromiso invisible que cumplir. Y yo estaba en un bar, escuchando a un hombre llamado EjecutivoAtractivo43 explicarme su «método infalible».
—Me tengo que ir —dije, levantándome demasiado rápido.
El mundo dio un pequeño giro. No grave. Solo un giro administrativo.
—¿Ya? —dijo Iván—. Pero si no me has contado si está buena.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Es un nick.
—¿No te ha mandado foto?
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Muy bien. Fotos antes de quedar, mal. Matan el misterio. Además, con nuestra edad ya no conviene airear demasiado nuestras vergüenzas.
—No digas «nuestra edad» como si fuéramos veteranos de Vietnam.
Pagué.
O creo que pagué. Rafa me hizo un gesto que significaba «ya ajustaréis cuentas», que en los bares de confianza es una forma elegante de decir «sois unos desgraciados, pero os tengo cariño».
Antes de salir, Iván me agarró del brazo.
—Pepe.
—Qué.
—Esta noche entro.
—No.
—Solo a mirar.
—No.
—Como apoyo.
—No necesito apoyo.
—Todo matador necesita a su cuadrilla.
—Tú no eres la cuadrilla. Tú eres un miura con datos móviles.
—Voy a entrar un rato. A ver el ambiente.
—Iván, ni se te ocurra hablar con Trianera.
—¿Cómo voy a hablar con ella si no sé quién es?
Lo miré.
Él sonrió.
Yo había mencionado su nick hacía media hora.
—Iván.
—¿Qué?
—Noooo.
—Vale, vale.
Ese «vale, vale» de Iván era igual de fiable que las predicciones de Fernando Simón en 2020.
Salí del bar con la sensación de haber abierto una puerta que debía permanecer sellada hasta el fin de los días.
Llegué a casa a las doce menos cinco.
Diez minutos del bar al portal.
Tres minutos en el ascensor comprobando que llevaba las llaves, aunque ya estaba dentro del edificio, lo cual os parecerá absurdo, pero no estáis preparados para vivir dentro de mi cabeza.
Dos minutos buscando el portátil, que estaba exactamente donde lo había dejado. Un minuto más para mirar mi reflejo en la pantalla apagada y confirmar que tenía la cara de un hombre que había mezclado esperanza, bravas y mucho canguelo.
Abrí el Chat.
Entré en la sala.
Miré la columna de nicks de la derecha como quien mira el listado de aprobados de una oposición a la que se ha presentado sin dar palo al agua.
TrianeradeCuna.
Conectada.
¡Conectada!
Me temblaron los dedos.
De las cañas.
De los nervios.
De Pepe siendo Pepe.
Antes de que pudiera escribir, apareció un privado.
TrianeradeCuna: Vaya con el Príncipe encantador de pacotilla. Pensaba que ya me habías dejado tirada, Matador.
Leí la frase dos veces.
Había estado esperándome.
Trianera había estado esperando a Matador84 un lunes hasta casi medianoche mientras yo escuchaba a EjecutivoAtractivo43 hablar de tácticas de seducción «infalibles».
Hay humillaciones que no necesitan testigos. Esta, por desgracia, os tiene a vosotros.
Escribí:
Matador84: Perdóname. Me ha liado un amigo que se llama EjecutivoAtractivo43 y que lleva tres meses en Terra sin ligar. Me daba pena dejarlo solo.
Lo envié.
Fue una mala decisión.
No por contarle lo de Iván. Eso era inevitable. Sino porque, al escribir el nick de Iván, noté una pequeña alegría mezquina. Como quien se sienta al lado del calvo en la foto de grupo para presumir de pelo.
Ella respondió casi al instante.
TrianeradeCuna: jajajajaja ¿EjecutivoAtractivo43?
TrianeradeCuna: No, por favor.
TrianeradeCuna: Dime que te lo estás inventando.
Matador84: Me gustaría. Pero no tengo tanta imaginación ni tan poca vergüenza.
TrianeradeCuna: ¿Y funciona?
Matador84: Lleva tres meses esperando a la adecuada.
TrianeradeCuna: Eso es una forma bonita de decir que no se come un mojón.
Me reí.
Solo.
En mi salón.
Matador84: No seas malaje. Es buen tío.
TrianeradeCuna: Los buenos tíos con nicks así, deberían estar bajo la supervisión de un adulto hecho y derecho.
Estuve a punto de decir «yo soy ese adulto» pero hasta mi autoestima, que iba con cuatro cañas de ventaja, detectó el problema.
TrianeradeCuna: Me pillas de milagro. Estaba a punto de irme a dormir. Pensaba que ya no venías.
Leí eso y se me encogió algo.
No seáis ñoños. No fue el corazón exactamente. Fue una zona más amplia, entre el esternón y la vergüenza.
Había estado ahí.
Esperándome.
Y no era de las que esperan. Lo notabas. Trianera no era una mujer que se queda mirando el teléfono. Era una mujer que cierra el portátil, se cepilla los dientes y hasta luego Lucas.
Que siguiera ahí, un lunes a medianoche, era un regalo que yo no merecía y que probablemente iba a pagar con intereses que aún no podía imaginarme.
Matador84: Mañana estaré aquí a las diez. Puntual. Te lo prometo.
Error.
Prometer.
A una mujer adulta.
Después de cuatro cañas.
Con Iván, campando a sus anchas en Terra.
TrianeradeCuna: Principito, haz el favor de no prometer cosas que no sabes si puedes cumplir.
Leí «Principito» y, contra todo pronóstico, me gustó otra vez.
Matador84: Tienes razón. Entonces te prometo que lo intentaré.
TrianeradeCuna: Eso ya me gusta más.
TrianeradeCuna: Buenas noches, Matador.
Matador84: Buenas noches, Trianera.
Se desconectó.
No de golpe. O quizás sí. No lo sé. Vi su nick desaparecer de la lista como la última aceituna del plato de Rafa: sin aviso y dejándote más solo que antes.
Cerré el portátil.
Me levanté.
Comprobé la puerta.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
En la cuarta me di cuenta de que seguía sonriendo.
Esto es lo más preocupante que me ha pasado en meses y os recuerdo que tengo un hijo preadolescente.
Me metí en la cama.
Mi estómago centrifugando a todo trapo las cañas y las bravas. Mi cabeza, a la par, revisando la moviola de las últimas 27 horas.
Trianera.
Domingo.
Vermú.
Guardia a las siete de la mañana.
John.
Iván.
EjecutivoAtractivo43.
Matador84.
Principito.
Yo.
Todo junto parecía el reparto de una obra de teatro subvencionada por el Ministerio de la Catástrofe.
A las 00:23 me vibró el móvil.
Un mensaje de Iván.
No lo quise leer.
Hay mensajes que uno decide ignorar porque todavía conserva un hilo de esperanza en la humanidad.
Vibró otra vez.
Un audio de Iván.
Lo abrí.
Iván: Peeepeeee. Estoy dentro.
Me incorporé en la cama.
No «me senté». Me incorporé como se levantan los muertos en las películas de terror cuando alguien evoca una maldición.
Otro mensaje.
Iván: Sala #Másdecuarenta. Esto está a tope de peña.
Cerré los ojos.
Pepe, tranquilo.
Igual solo mira.
Igual no hace nada.
Igual, por una vez en su vida, Iván actúa con prudencia.
Tercer mensaje.
Iván: TrianeradeCuna está conectada. Voy a saludar.
No sé si alguna vez habéis sentido cómo se os cae el alma dentro del pijama.
Yo sí.
Y no se recoge con facilidad.
Escribí a toda pastilla:
Yo: NO.
Enviar.
Yo: NO LA SALUDES.
Enviar.
Yo: IVÁN.
Enviar.
Tres mensajes.
Doble check.
Nada.
Me levanté de la cama.
Fui al salón.
Abrí el portátil con la desesperación de un controlador aéreo contemplando una estampida de toros bravos en la pista del aeropuerto.
Terra tardó en cargar unos segundos.
Los suficientes para que yo pensara en todas las formas en que EjecutivoAtractivo43 podía arruinar algo que aún ni siquiera había empezado.
Entré en la sala.
Miré la columna.
EjecutivoAtractivo43.
Conectado.
Y debajo:
TrianeradeCuna.
Conectada.
No respiré.
Entonces apareció un privado nuevo.
No era de Trianera.
Era de Iván.
EjecutivoAtractivo43: Tranquilo, Matador. Controlado. Ya sabe que soy tu amigo.
Buitres.
Apagué el portátil.
Lo volví a encender.
Porque soy un cobarde, pero también necesito saber de qué tamaño es el incendio.
No dejéis nunca que vuestro mejor amigo entre en vuestra vida sentimental.
Y menos si se llama EjecutivoAtractivo43.
· · ·
— 3 —
· · ·
Abrí Terra a las 00:27 con las manos de un hombre que está a punto de descubrir cuánto daño puede hacer un amigo con WiFi y sin supervisión adulta.
EjecutivoAtractivo43 ya no estaba conectado. Se había largado. Había entrado, había salvado los muebles y había puesto pies en polvorosa.
TrianeradeCuna seguía ahí.
Conectada.
Antes de que me diera tiempo a escribir nada, apareció un privado suyo.
TrianeradeCuna: Mi principito al rescate jajja. Lidiar contra el insomnio un lunes noche con tu amiguito es toda una experiencia.
«Una experiencia.»
Una experiencia es tirarte en paracaídas. Una experiencia es montar un mueble de Ikea sin instrucciones y que no te sobre ninguna pieza. Una experiencia también es que un tío llamado EjecutivoAtractivo43 decida hablar de ti con una desconocida mientras tú duermes.
Matador84: ¿Qué te ha contado este desgraciado?
TrianeradeCuna: Varias cosas que tú no me habías contado. Por ejemplo, que tienes dos hijos.
¡Aarrgghhh!
Me cawen...
TrianeradeCuna: También me ha chivado que estás divorciado. Y que eres, cito textualmente, «buena gente, pero con un nick lamentable».
Le había dado a Trianera un resumen ejecutivo de mi vida como si estuviera presentando mi candidatura a First Dates.
Matador84: Te juro que no le he pedido nada.
TrianeradeCuna: Descuida que me ha quedado clarito. Se presentó solo. Con una seguridad impresionante para alguien que se llama EjecutivoAtractivo43.
TrianeradeCuna: Por cierto, lo he rebautizado. Para mí es EjecutivoIndiscreto43. Porque la discreción no parece lo suyo.
Me reí. A pesar del pánico, me reí. Porque Trianera acababa de hacer en una frase lo que yo no había conseguido en veinte años: ponerle a Iván un mote mejor que el que él se había puesto.
Matador84: Perdóname. Es un desastre, pero es mi fiel escudero.
TrianeradeCuna: Tranquilo, Matador. Me ha caído bien. Un tío que se pone ese nick sin vergüenza alguna y se atreve a escribirle a una desconocida para hablar bien de su amigo tiene algo. No sé qué. Pero algo.
Y ahí pasó una cosa rara. Se destensó el ambiente del todo. No sé si fue lo que dijo o cómo lo dijo, pero de repente ya no estaba justificando un desastre. Estaba hablando con alguien que entendía que detrás de Matador84 había un tío con un amigo capaz de presentarse solo en un chat a las dos de la mañana. Y que eso, lejos de asustarla, le hacía gracia.
TrianeradeCuna: Oye, Matador. Una cosa. Tu amigo me ha contado que tienes hijos. Dos, concretamente. Secretitos conmigo no, que está muy feo.
Matador84: No me había dado tiempo. Solo llevamos una noche hablando y la mitad la pasé intentando que no me bloquearan mujeres de Valencia y maromos con Nick de tía.
TrianeradeCuna: jajajaja vale, aceptamos barco como animal acuático. ¿Y cómo se llaman?
Matador84: Bosco y Lucas. Catorce y once. Al mayor ya le doy «todo el cringe» como dice él. El pequeño aún me quiere, pero me quedan dos telediarios de cariño.
TrianeradeCuna: jajajaja Matador, padre de familia. Esto cada vez tiene más chicha.
TrianeradeCuna: Catorce y once. Eso es barra libre de cal y arena a partes iguales. ¿Y se parecen a ti o tuvieron suerte?
Matador84: Lucas es clavado a mí. Bosco ha tenido la suerte de salir a su madre.
TrianeradeCuna: Pobrecito Lucas jajajaja.
Estaba contando cosas que nunca me había parecido que nadie quisiera escuchar.
TrianeradeCuna: Oye, Matador. Tu amigo también me ha dicho que te llaman así desde el colegio. ¿Eso es verdad?
Matador84: Es verdad. Y es una historia larga y bastante humillante.
TrianeradeCuna: ¡Mejor imposible! Cuéntamela. Cuéntamela, cuéntamela.
Ya habéis visto su ordeno y mando, amantes de la carroña.
Y yo, que soy un hombre que no sabe decir que no a casi nada, procedí a rendir cuentas con mi pasado.
El teclado. El reloj. Entonces sonó en mi cabeza una canción.
No en el portátil. No en Terra. En mi cabeza.
Maria, de Blondie.
Y me fui.
No físicamente. Físicamente seguía sentado en el salón, en pijama, con Iván escribiéndome privados y una mujer llamada TrianeradeCuna esperando una explicación. Me teletransporté a Sevilla en un Delorean de cartón piedra.
A Los Remedios.
A un patio de colegio con albero.
A un balón Mikasa que, cuando te daba en la cara, te dejaba como si Mike Tyson te hubiera dado una guantá con la mano abierta.
A una rubita angelical con coleta sentada en un bordillo.
Y al origen de todas mis malas decisiones escénicas.
María era de esas niñas que llevaban el uniforme impecable incluso a última hora del viernes. El mío parecía haber superado todos los conflictos bélicos de los noventa. Siempre llevaba la coleta perfecta y una forma de apoyar la barbilla en la mano que convertía una clase de naturales en una tortura hormonal de cincuenta minutos.
Nos conocíamos desde infantil. Diez años en el mismo colegio.
Durante los primeros ocho, no le presté más atención que a las plantas del pasillo. Yo era así. Una criatura emocionalmente inútil.
Luego, con catorce años, me enteré de que cuando teníamos doce ella había estado interesada en mí.
Me lo contó una amiga común con la naturalidad con la que alguien te dice que ayer regalaban motos en la puerta de tu casa y tú estabas roncando como un ceporro.
—María estuvo por ti en sexto —me dijo.
Gracias. Muy útil. Información entregada con tres años de retraso, como una felicitación de Navidad llegando a tu buzón en pleno mes de agosto.
El problema real llegó en tercero de la ESO, durante una excursión a Itálica.
Nos tocó sentarnos juntos en el autobús. Treinta minutos de ida. Treinta de vuelta.
A los quince años, treinta minutos al lado de la chica adecuada son un despertar con mayúsculas.
María me habló de sus primas de Jerez, de que quería estudiar Derecho, de que su padre decía que ella discutía hasta con los semáforos y de que le gustaba Savage Garden.
Sí, Savage Garden. No juzguéis. Eran los noventa. Todos tenemos cadáveres musicales.
En algún momento sacó un Discman.
Un Discman.
Esto para los menores de treinta: era como Spotify, pero con epilepsia mecánica. Si el autobús pillaba un bache, el amor también saltaba por los aires.
Me ofreció un auricular.
Uno.
El izquierdo.
Ella se quedó con el derecho.
Sonó Truly Madly Deeply.
Y durante tres minutos y pico, Savage Garden nos sonó a los dos en estéreo partido por la mitad.
Ese fue mi virus letal.
A esa edad uno no se enamora. Se infecta.
Yo me infecté hasta las trancas.
Había una pega, claro. Siempre hay una pega.
La pega se llamaba Salva.
Mi mejor amigo.
María miraba a Salva de una forma que yo conocía perfectamente, porque era la misma forma en la que yo contemplaba a María cuando se recogía la coleta.
Salva no se coscaba de nada. Salva, a los quince años, era como un labrador enorme al que le tiran un palo y se queda mirando una nube. Buena gente. Guapo sin saberlo. Alto sin mérito. De esos adolescentes que iban por el mundo provocando desgracias hormonales con la tranquilidad de una vaca sagrada.
Yo sí lo veía. Pero decidí hacerme el sueco. Porque el autoengaño es una habilidad que algunos desarrollamos antes que el vello facial.
Aunque antes de la desgracia vino mi gloria particular.
Y la gloria tuvo forma de torneo de fútbol colegial.
Yo por entonces era muy futbolero. Mi ídolo era Marcelo Salas, El Matador. Llevaba su nombre escrito con Tipp-Ex en la mochila, que era la forma noventera de tatuarse sin que tu madre te echara de casa. Había conseguido que mi padre me comprara unas botas parecidas a las suyas.
Bueno. Parecidas. Eran unas Marco baratas.
Pero en mi cabeza eran botas de killer chileno, no instrumentos de tortura para mis pies comprados en una tienda de deportes de barrio.
Semifinal contra tercero B. Campo de albero. Porterías pequeñas. Un Mikasa que debía llevar en el colegio desde que Franco era corneta.
Y María sentada en el bordillo con tres amigas, las cuatro con cara de estar presenciando un trámite administrativo con polvo amarillento.
Allí estaba. En primera fila.
Minuto quince. Me llegó un balón al borde del área. Control con el pecho. Un control limpio, de esos que salen una vez al año y normalmente cuando nadie presta atención.
Pero ese día María estaba mirando.
Me perfilé. Disparé con la derecha.
El balón entró pegado al palo.
Golazo. No gol. Golazo. Por una vez en mi vida, el universo hizo exactamente lo que yo había imaginado.
Y yo, a mis quince años, con sobredosis de Oliver y Benji y cero asesoramiento psicológico corrí hacia el bordillo. Señalé a María con el dedo y puse la cara que creía que ponía Marcelo Salas cuando marcaba.
Probablemente puse cara de estreñimiento competitivo.
María, sonrojada, me miró sin entender nada. Sus amigas se rieron a carcajadas.
Y entonces uno de los repetidores del curso gritó desde el otro lado del campo:
—¡Matador!
Y ahí nació todo.
Matador. Esa misma tarde me lo llamaban los del equipo. Al día siguiente, medio colegio.
Salva fue el primero en usarlo fuera del campo.
—Vamos, Matador Salas —me dijo en el recreo.
Y yo sentí que acababan de darme un título nobiliario. A los quince años, que te pongan un mote que no sea un insulto es lo más parecido al éxito.
Durante dos semanas fui alguien. Dos semanas. No os riáis. A esa edad dos semanas son una dinastía.
Luego llegó la final. Contra Cuarto A.
Cuarto A tenía un portero llamado Fernández que ya se afeitaba casi a diario y parecía firme candidato a enrolarse en la Legión al final de curso. Era enorme. Tenía manos de estibador y una sombra que cubría media portería.
Empatamos a uno. Penaltis.
Y adivinad quién se pidió el último.
El Matador.
Claro. Porque mi problema nunca ha sido no atreverme. Mi problema es atreverme tarde, mal y con público.
Coloqué el balón sobre el albero. Me separé tres pasos.
Fernández. La portería. María.
No mires a María, Pepe. Céntrate en la portería.
Otra vez mis ojos en ella.
Y entonces tuve una idea.
Una idea tan mala que debería haber sonado una alarma en el colegio, con Doña Carmen por megafonía advirtiendo: «Se ruega al alumno José María que no innove».
El Matador decidió tirar a lo Panenka.
Sí. Podéis apartar la vista un segundo si tenéis sensibilidad.
Pepe, no.
Pepe, por favor.
Pepe, ajusta al palo.
Pepe, eres un pajillero con botas Marco y una erección espiritual, no Marcelo Salas.
Pepe, ya está decidido.
Cogí carrerilla. Tres pasos.
Llegué al balón.
Y en vez de reventarlo, en vez de asegurar, en vez de comportarme como un ser humano con instinto de supervivencia, le di un toquecito suave por debajo.
A lo genio. A lo artista. A lo imbécil.
El balón subió. Despacio. Muy despacio.
Fernández se tiró a la derecha.
Durante una décima de segundo pensé: entra.
Durante una décima de segundo fui leyenda.
Entonces Fernández, que tenía el tiempo de reacción de una puerta blindada pero la altura de una grúa, se levantó.
Se levantó, buitres.
El balón seguía subiendo.
Él lo miró. Yo lo miré. María lo miró. Medio colegio lo miró.
El balón pasó por encima del larguero. Por encima. No rozando. Ni por asomo.
Rebotó contra el aluminio de una ventana del segundo piso del colegio con un ruido seco.
Clonc.
Todavía lo oigo algunas noches.
Clonc.
Un segundo.
Dos.
Y luego el aullido salvaje.
Medio colegio chillando como la niña del exorcista. Fernández celebrando. Mis compañeros mirándome como si acabara de atropellar a su abuela y encima hubiera pedido cambio.
Yo me quedé en el punto de penalty, sobre el albero, con quince años y la certeza de que acababa de pasar a la historia negra del colegio.
No miré a María. No hacía falta.
El Matador había muerto. El Matao acababa de nacer.
Pero los chicos de quince años no aprendemos. Los chicos de quince años tropezamos con la misma piedra, una vez tras otra.
Dos semanas después de mi hazaña, decidí declararme a María.
A la cara no, evidentemente. Ya sabéis cómo me las gasto.
Para decirle a una chica que te gusta mirándole a los ojos hacen falta huevos, coordinación mandibular y un nivel de autoestima que yo solo tenía en Gol Norte del Sánchez Pizjuán para abroncar al equipo rival.
Así que escribí una carta. Dos folios. A mano. Con mi mejor letra, que seguía pareciendo la nota de rescate de una colonia de hormigas.
Le decía que me gustaba desde la excursión a Itálica. Que me acordaba del auricular izquierdo. Que era la chica más guapa del colegio. Que cuando se reía me ponía nervioso.
Cosas que a los quince años te parecen poesía y a los cuarenta y dos te dan ganas de que te recluten para una milicia afgana.
Y grabé una cinta. Una TDK de noventa minutos. Con canciones en inglés elegidas con el rigor emocional de un Emo deprimido un Martes Otoñal a las siete de la tarde.
La primera era Truly Madly Deeply. Porque claro que era Truly Madly Deeply. ¿Qué iba a ser, el himno de la Champions?
Le escribí los títulos en la carátula con rotulador azul. Mi rotulador bueno. El de las grandes ocasiones.
Y entonces hice lo que mejor se me da desde pequeño: delegar mi propia vida en la persona equivocada.
Le di la carta y la cinta a Salva.
Sí. A Salva.
El mismo Salva al que María miraba como si fuera una aparición mariana con chándal.
El mismo Salva que una vez intentó copiar en un examen escribiéndose las respuestas en la palma de la mano y levantó la mano para preguntar si podía ir al baño.
A ese prodigio de la picaresca le entregué mi futuro sentimental.
—Dáselo con discreción —le dije—. En un momento tranquilo. Cuando no haya nadie.
¿Qué podía salir mal?
No contestéis.
Se lo dio en clase de Inglés.
En mitad de clase de Inglés.
Se levantó de su pupitre, cruzó el aula, dejó el sobre y la cinta encima de la mesa de María y volvió a sentarse como si acabara de entregar una fotocopia.
Treinta personas vieron la operación. Para la hora del recreo ya lo sabía hasta el bedel. En un colegio de Sevilla los secretos duran menos que un helado en agosto.
Yo, tres filas atrás, empecé a descomponerme en silencio.
La profesora se llamaba Doña Carmen.
Doña Carmen tenía unos sesenta años, llevaba enseñando inglés desde antes de que existiera el presente continuo y ya no se sorprendía por nada. Tenía esa calma de las mujeres que han visto copiar, llorar, vomitar y enamorarse a cientos de adolescentes y aun así siguen corrigiendo con bolígrafo rojo.
Vio a Salva, con sus casi dos metros de humanidad, levantarse de su sitio. Vio el sobre. Vio la cinta. Se acercó a la mesa de María.
Confiscó el material.
—Esto me lo quedo yo —dijo—. Al final de la clase hablamos.
No habló al final de la clase. Habló dos días después.
Entró al aula con un radiocasete bajo el brazo. Y mi cinta en la mano.
Todavía no sé si Doña Carmen no entendió nada, o si lo entendió absolutamente todo y decidió que el amor adolescente necesitaba apoyo audiovisual.
—Hoy vamos a practicar listening —dijo.
Listening. Con mi cinta. Con mi TDK. Con mi rotulador azul.
Buitres, he visto menos crueldad en documentales de la BBC sobre los depredadores de la jungla.
Metió la cinta. Le dio al play.
Y empezaron los primeros acordes.
La reconocí antes de que terminara el primer verso. La palidez se apoderó de mi rostro.
El aula empezó a llenarse de miradas. Una cabeza giró. Luego otra. Luego otra.
Treinta adolescentes conectando piezas.
Savage Garden sonando a todo volumen en la clase de inglés de tercero de la ESO.
María roja. Salva en Babia. Yo intentando convertirme en estatua de sal.
Doña Carmen dejó sonar la canción entera. Entera. Tres minutos y cincuenta y cinco segundos.
Hay condenas penales más breves.
Cuando terminó, sacó el sobre de un cajón, fue hasta la mesa de María y se lo entregó.
—Creo que esto te pertenece y deberías compartirlo con toda la clase —dijo.
Nada más.
María cogió el sobre. Lo abrió y empezó a negar con la cabeza.
Aquí os pido un segundo de respeto por el Pepe adolescente.
Era idiota, sí. Pero era nuestro idiota.
María leyó la carta en voz alta.
Treinta pares de ojos y orejas atónitos ante el bochorno indescriptible.
Yo sin respirar y con los ojos clavados en mi pupitre. Tratando de aislarme de las risotadas incontenibles de la clase.
Y entonces María me miró.
Un segundo. Solo uno. Pero suficiente.
No estaba enfadada. Ojalá hubiera estado enfadada. El enfado al menos te reconoce como amenaza.
Lo suyo era peor. Era decepción. Decepción y vergüenza mayúsculas.
Porque esa carta no era de quien ella esperaba.
Ella esperaba que fuera de Salva. Mi mejor amigo. El mismo al que yo había enviado como mensajero del amor.
Si alguna vez necesitáis un ejemplo práctico de lo que significa ser mongolo sentimental, imprimid este capítulo y pegadlo en la nevera.
Era del Matador. Del Matador del Panenka por encima del larguero. Del Matao. Del protagonista de dos de los mayores ridículos de la historia del colegio en menos de dos semanas.
María no me volvió a hablar. Ni ese curso ni el siguiente.
Al acabar el colegio nos despedimos con un apretón de manos. Un apretón de manos. Con dieciocho años yo habría preferido que me pegara una bofetada. La bofetada al menos tiene contacto sonoro.
A Salva lo sigo viendo cuando bajo a Sevilla. Sigue igual. No hemos hablado de María en veintisiete años. Ni falta que hace.
Volví al salón.
Martes ya, técnicamente.
Terra abierta.
Iván escribiéndome no sé qué estupidez.
TrianeradeCuna esperando.
Yo, con cuarenta y dos años, dos hijos cabroncetes, una exmujer férrea como la dupla Pablo Alfaro-Javi Navarro, unas entradas capilares en plena expansión y un nick nacido de la peor mezcla posible: una tarde de gloria y una humillación histórica.
TrianeradeCuna: ¿Sigues ahí, Matador?
TrianeradeCuna: No me digas que te has muerto de éxito.
El mensaje seguía ahí.
Podía mentir. Podía decir que Matador venía de Marcelo Salas y dejarlo ahí. Podía decir que era una tontería de juventud. Podía comportarme como un adulto funcional.
Pero ya sabéis lo que hago con las oportunidades de comportarme como un adulto funcional.
Escribí:
Matador84: Viene de un penalty a lo Panenka que mandé a las nubes en tercero de la ESO para impresionar a una chica.
Silencio.
TrianeradeCuna está escribiendo…
Desapareció. Volvió. Desapareció.
Yo cerré los ojos.
Por favor, que no se ría mucho. Por favor, que se ría un poco, pero no demasiado. Por favor, que no diga «qué mono». «Qué mono» es la entrada oficial a la «Friendzone».
Apareció su respuesta.
TrianeradeCuna: jajajajajajaja
TrianeradeCuna: Perdona.
TrianeradeCuna: No puedo.
TrianeradeCuna: ¿Un penalty a lo Panenka?
TrianeradeCuna: ¿En albero? ¿En serio? jajajaja
Me reí. También. Porque a veces la humillación, con veintisiete años de distancia, empieza a parecer material.
Matador84: En mi defensa diré que durante una décima de segundo fui leyenda.
TrianeradeCuna: Todos los hombres tenéis una décima de segundo en el que creéis que sois leyenda. Luego la realidad os pone frente al espejo y se acaba la fantasmada.
Me gustó. Me gustó demasiado.
Matador84: Después hubo una carta. Y una cinta de Savage Garden. Y una profesora de inglés que debería haber sido juzgada en Nuremberg.
TrianeradeCuna: ¡No! Jajajaja
TrianeradeCuna: Eso me lo tienes que contar bien.
TrianeradeCuna: Pero otro día. Hoy ya me has dado suficiente material para respetarte menos y tenerte más cariño.
Leí eso. Respetarte menos. Tenerte más cariño.
Buitres, no sé qué clase de frase es esa, pero debería venir con prospecto médico.
Entonces apareció otro privado. De Iván.
EjecutivoAtractivo43: Creo que le he caído bien.
No. No le había caído bien. Le había dado un arma. Y se la había dado cargada.
A las doce y media Trianera se despidió.
TrianeradeCuna: Mañana hablamos, Matador. Y vete pensando si el domingo vas a tirar a lo Panenka otra vez o si esta vez vas a meter el penalty como Dios manda.
Me quedé helado.
No por la frase. Por lo exacta. Por lo injustamente exacta.
Pepe, chuta como Dios manda. Pepe, no hagas teatro. Pepe, no conviertas un vermú en una final interclases del 2000. Pepe, sé normal durante noventa minutos.
Qué bonito. Qué imposible.
Matador84: Intentaré no mandarla por encima del larguero.
TrianeradeCuna: No prometas cosas que no sabes si puedes cumplir, Principito.
Se desconectó.
Iván seguía conectado. Por supuesto.
EjecutivoAtractivo43: Oye, EjecutivoDiscreto43 tiene clase, ¿no?
Cerré Terra. No por madurez. En defensa propia.
Me fui a la cama.
Comprobé la cerradura de la puerta. Una. Dos. Tres. Cuatro.
En la cuarta me vi reflejado en el espejo de la entrada. Cuarenta y dos años. El Matador. El Matao. Matador84. Todo junto.
Buitres, mi problema nunca ha sido no atreverme. Mi problema es ser un kamikaze del ridículo.
Y mañana a las diez he quedado otra vez con Trianera en Terra. Quiere saber mi nombre real. El nombre que usa mi madre cuando quiere hundirme. El que usa Inés cuando está a punto de demostrar que tiene razón. El que mis hijos gritan cuando necesitan dinero, la tablet o una toalla limpia.
Y Pepe, ya os lo aviso, tiene la misma fortaleza defensiva que un equipo de Segunda Regional.
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— 4 —
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Buitres, en mi vida las cosas nunca pasan de una en una. Pasan todas juntas, el mismo día, a la misma hora, como cuando llueve en Sevilla: que no llueve un poquito para que vayas tirando. Te cae el diluvio encima y a correr.
Os lo digo porque el martes a las doce y media de la noche tenía tres cosas:
El número, el nombre de TrianeradeCuna y una cita para el domingo.
De regalo, una pregunta que no supe descifrar hasta que fue demasiado tarde.
No sé qué tal gestionáis vosotros las señales del destino, pero yo las gestiono de pena.
Hay gente que ve una coincidencia y piensa: «mira qué curioso».
Yo veo una coincidencia y en menos de cuatro segundos he abierto una auditoría interna, he llamado a declarar a mi ansiedad y he puesto a mi madre rezando una novena en la Catedral.
Pero vayamos por partes.
Porque la noche empezó bien. Demasiado bien. Y eso, en mi vida, suele ser la forma que tiene el universo de despejar la pista del circo antes de que entren los elefantes.
Martes, 21:47.
Estaba sentado delante del portátil trece minutos antes de la hora fijada. Trece. No doce. No quince. Trece minutos exactos de adulto emocionalmente funcional, que es como me gusta llamar a estar mirando una pantalla apagada con las manos limpias y planificando la táctica a seguir.
Había cenado pronto.
Me había duchado.
Los pistachos estaban guardados. La cerradura de la puerta comprobada cuatro veces. Matador84 había aprendido. Poco. Pero lo suficiente.
A las diez en punto entré en Terra.
TrianeradeCuna ya estaba conectada. Por supuesto que ya estaba. Hay personas que llegan tarde y personas que hacen que tú parezcas un tardón, aunque hayas llegado pronto. Trianera pertenece al segundo grupo. Probablemente nació con puntualidad y un poquito de mala baba.
Apareció su privado.
TrianeradeCuna: ¡Qué suenen las campanas! Hoy has sido puntual. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Principito?
Matador84: He cenado pronto, me he duchado y me he sentado a esperar como un buen chico. No te acostumbres.
TrianeradeCuna: No me acostumbraré. Pero me gusta.
Me gusta. Dos palabras.
Hay frases largas que no hacen nada y frases de dos palabras que te cambian la postura en la silla.
También la cara. Esa cara que se te pone cuando una mujer que te interesa te da medio centímetro de cuerda y tú, que eres un adulto divorciado con hipoteca emocional, ya te ves subiendo al podio ovacionado a recibir tu medalla de oro.
Matador84: Apunto el dato. Puntualidad moderada: bien.
TrianeradeCuna: No te vengas arriba. Solo he dicho que me gusta. No que te vaya a dar un premio.
Bien. Ahí estaba. Trianera. La mujer capaz de acariciar y dar una colleja en la misma línea.
Antes de contaros lo que pasó después, necesito que entendáis una cosa del domingo.
Durante aquellas tres horas y media de Terra, Trianera y yo jugamos al juego más peligroso que pueden jugar dos personas de cuarenta y dos años en un chat: hacernos preguntas de la Superpop, como si todavía tuviéramos acné, carpeta forrada con fotos horteras y una candidez insoportable.
Canción para un día malo. Defecto más grande. Qué miras primero en alguien.
Ese tipo de preguntas que a los quince parecen coqueteo y a los cuarenta y dos parecen una inspección técnica con música decadente de fondo.
No voy a reproducir todo el cuestionario porque hubo momentos que deberían permanecer enterrados en un cementerio de residuos nucleares. Pero no os voy a privar de los momentos más infames.
TrianeradeCuna: A ver, Matador, vamos a comprobar si detrás del nick hay persona o solo gomina fosilizada.
Matador84: Dispara.
TrianeradeCuna: Defecto más grande.
Aquí uno puede mentir. Uno puede poner algo de entrevista de trabajo, tipo «soy demasiado perfeccionista» o «me implico mucho». Pero yo llevaba ron miel, nostalgia y una confianza que no había pedido permiso.
Matador84: Soy cobarde. Pero con estilo.
Tardó unos segundos.
TrianeradeCuna: Yo soy impaciente. Y sin estilo.
Me gustó. No porque fuera impaciente. La impaciencia, en abstracto, es una desgracia logística. Me gustó porque lo dijo sin envolverlo. Sin hacerse la interesante.
Matador84: ¿Impaciente como una sevillana impaciente o impaciente de verdad?
TrianeradeCuna: ¿Hay diferencia?
Matador84: En Sevilla la impaciencia es un arte. Mi madre es capaz de impacientarse con el microondas. Treinta segundos le parecen una falta de respeto.
TrianeradeCuna: Mi madre se impacienta con el ascensor. Vive en un segundo. Baja andando. Y luego se queja de las rodillas.
Matador84: ¿De casta le viene al galgo?
TrianeradeCuna: Eso puede explicar muchas cosas, Principito.
TrianeradeCuna: ¿Peor cita de tu vida?
Matador84: Una mujer que se pasó dos horas hablando de su gato. Me enseñó diecisiete fotos. Diecisiete. El gato se llamaba Mandela. Le pregunté por qué. Me dijo: «Porque lucha por su libertad.» Pedí la cuenta antes del postre.
TrianeradeCuna: jajajajaja
Matador84: Pagué su mitad y todo. Es lo único que he pagado con gusto en mi vida. Diecisiete fotos de un gato con nombre de político. A la segunda foto ya estaba calculando la ruta más corta hacia la puerta. A la décima estaba considerando fingir un infarto.
TrianeradeCuna: La mía fue peor. Un fantasmón que apareció con un libro que había escrito. En la primera cita. Autopublicado. Con dedicatoria. Me lo puso encima de la mesa entre las croquetas y el fino como si fuera el Quijote. Se llamaba «Almas que vibran».
Matador84: No.
TrianeradeCuna: Como lo oyes. Almas que vibran. Doscientas páginas. Le dije que estaba cansada después del primer gin tonic. Me fui a casa y le mandé un audio a mi madre. Mi madre me dijo: «niña, eso te pasa por buscar por internet. Los buenos están en misa de doce».
Matador84: ¿Y lo leíste?
TrianeradeCuna: Las primeras tres páginas. Después me vino de lujo para calzar un mueble que cojeaba. Lo empecé para confirmar que era tan malo como yo sospechaba.
Matador84: ¿Lo era?
TrianeradeCuna: Horrible. Pero el fantasmón tenía unas manos bonitas. Ahí empecé a sospechar que tengo un problema con las manos.
TrianeradeCuna: ¿Qué es lo primero que miras en alguien?
Buitres, esta pregunta debería estar prohibida a partir de los treinta y cinco. A los veinte, contestas «los ojos» y todavía puedes apelar a tu juventud. A los cuarenta y dos, contestas «los ojos» y la mentira se sienta contigo a la mesa.
Matador84: Los ojos.
Mentira cochina. Trola descomunal.
TrianeradeCuna: Ya.
Ese «ya» pesó más que una sentencia de la Inquisición.
Matador84: Bueno, los ojos y el conjunto general de la persona.
TrianeradeCuna: Claro. El conjunto general. Muy creíble todo.
Matador84: ¿Y tú?
TrianeradeCuna: Las manos.
Me miré las manos. No inmediatamente. Bueno, sí. Inmediatamente. Eran manos normales. Manos de señor. Manos que abren sobres de jamón cocido, teclean demasiado y han perdido elasticidad moral.
TrianeradeCuna: Un tío con las manos bonitas puede ser feo de todo lo demás.
Ahí empezó mi ruina.
Durante los días siguientes me obsesioné con mis manos. Las miré en el ascensor. En el coche. En el baño del trabajo. Y una vez durante una reunión con John en la que él hablaba de márgenes y yo pensaba: «¿esto necesita crema?».
Compré crema de manos. Una que ponía «reparación intensiva». Como si mis dedos hubieran estado recogiendo algodón en Alabama.
Gigi me vio con la crema en la oficina. Me preguntó si me estaba preparando para un anuncio de cosméticos. Respondí que era hidratante. Levantó un dedo: «Peppino, in Italia, when a man starts with the crema, there is always a donna.» Le aseguré que no había ninguna donna. Se encogió de hombros: «La crema no miente, amico.»
Gigi es insoportable. Pero tenía razón. La crema no mentía.
Mi padre se echa Nivea de bote azul desde 1974. Siempre la misma. Nunca se la ha cambiado. Mi madre le dice que tiene las manos como una lija y él le contesta: «Sole, con estas manos me casé contigo y no me has devuelto.» Llevan cuarenta años con la misma broma. Eso sí que es un matrimonio.
Esa era la clase de poder que empezaba a tener Trianera sin saberlo. O sabiéndolo, que es peor…
Volvamos al martes.
A las diez y poco, después de insultar ligeramente mi puntualidad y de comprobar que yo seguía siendo yo, Trianera decidió entrar en terreno real.
TrianeradeCuna: Oye, Matador.
Matador84: Dime.
TrianeradeCuna: No me des más largas con tu nombre y dímelo de una vez. Qué poquita sevillanía tienes para las cosas importantes.
Mi nombre. No el nick. No Matador84. No el personaje. Mi nombre. Cuatro letras. Pepe.
Un nombre que en boca de mi madre suena a niño pillado con las manos en la masa, en boca de Inés a chaparrones y reproches, en boca de mis hijos a cajero automático con barba y en boca de una mujer desconocida de Terra podía sonar a cualquier cosa.
Díselo, Pepe. Es solo un nombre. No vas a morir por cuatro letras.
Tardé cuarenta y cinco segundos en contestar. Los conté. Porque soy ese tipo de hombre.
Matador84: Pepe. Me llamo Pepe.
Silencio. No mucho. El suficiente.
TrianeradeCuna: ¿Pepe??
TrianeradeCuna: ¿Matador84 se llama PEPE?
TrianeradeCuna: jajajajajajaja
Ahí estaba. La caída del mito. El Matador convertido en Pepe delante de una pantalla.
Matador84: Sí. Bienvenida a mi decepción nominal.
TrianeradeCuna: Perdona. Es que esperaba algo más dramático. No sé. Rodrigo. César. Álvaro de la Santa Espada.
Matador84: Mi madre me llama José María cuando quiere destruirme.
TrianeradeCuna: Eso ya impone más.
Matador84: Tu turno.
Tardó un poco. Muy poco. Pero esos poquitos segundos se me hicieron eternos.
TrianeradeCuna: Ana. Pero si me llamas Anita te bloqueo.
Ana. Se llamaba Ana.
Buitres, aquí conviene detenerse. Hasta ese momento TrianeradeCuna era un nick. Un nick con gracia. Un nick con barrio con solera. Un nick que podía existir en una pantalla, aparecer de noche, decir cosas peligrosas y desaparecer dejando una estela de expectativas desmesuradas y docenas de cáscaras de pistachos.
Pero Ana no. Ana era una persona. Ana era una reserva en un restaurante. Una llamada perdida. Una excusa difícil. Alguien que podía hacerte daño sin parecer una contraseña.
Matador84: Entendido, Ana. Nada de Anita.
TrianeradeCuna: Bien.
Matador84: Nada de Principito tampoco, ya que estamos negociando.
TrianeradeCuna: Principito se queda. No es negociable.
Claro. Por supuesto. Yo había entregado mi nombre real y ella conservaba el arma.
Después de los nombres vino lo inevitable. Lo que los dos queríamos preguntar desde el primer día y ninguno había querido soltar porque hay preguntas que convierten una fantasía en trámite.
TrianeradeCuna: A ver, Pepe. Si quedamos el domingo y te veo por la calle, ¿cómo te reconozco?
Me enderecé en la silla.
TrianeradeCuna: Descríbete. Pero sin mentirme, que os conozco como si os hubiera parido.
Escribí:
Matador84: Metro ochenta en los días buenos. Moreno. Algunas canas. Entradas que ya no merece la pena negar. Camisa azul el domingo. Y probablemente cara de estar a punto de pedir perdón.
Le di a enviar. Aquello era honestidad. O suicidio comercial. A veces se parecen.
TrianeradeCuna: Vale. Camisa azul y cara de estar a punto de disculparte.
TrianeradeCuna: Muy específico. Muy tú.
Esa frase. Cara de estar a punto de disculparte. No era una descripción física. El jodido antimorbo personificado.
Matador84: Tu turno.
TrianeradeCuna: Uno sesenta y cinco. Morena. Pelo largo, probablemente recogido. Si hace frío llevaré una bufanda roja que me regaló mi madre y que me pongo casi todos los días de invierno.
Uno sesenta y cinco. Morena. Pelo largo. Bufanda roja. Ahí cometí un error silencioso: me la imaginé. La idealicé. Error. No hay que imaginarse demasiado a alguien antes de conocerlo, porque luego la realidad llega, hace su trabajo y tú te quedas con cara de recibir la versión cutre desde China.
Pero me la imaginé. Bufanda roja. Pelo recogido. Y me faltaban los ojos.
Como soy un hombre que ha demostrado una capacidad histórica para meter la pata hasta en el contexto más favorable, pregunté.
Matador84: ¿Y los ojos? Perdón por preguntar. Tú te fijas en las manos, y yo voy directo a los ojos.
La mentira volvía a la escena del crimen.
Matador84: Bueno. A los ojos y al conjunto general, como ya hemos establecido científicamente.
TrianeradeCuna: Marrones. Tirando a negros. Mi madre dice que parecen dos aceitunas. Pero ya sabes cómo son las opiniones de madres y abuelas.
Aceitunas. Pensé en Rafa. En sus aceitunitas rancias al lado de mi caña. En las aceitunas como símbolo involuntario de mi vida sentimental. Y pensé que el universo tiene un sentido del humor de mierda.
Todo iba bien. Demasiado bien. Llevábamos dos horas hablando y ni una sola vez había escrito algo de lo que arrepentirme. Eso, para mí, es un récord que merece notario y champán.
Hablamos de Madrid. De Sevilla. De lo raro que es ser sevillano fuera de Sevilla: esa mezcla insoportable de orgullo, queja y nostalgia que hace que critiques la ciudad durante cuarenta minutos y luego te ofendas si alguien de fuera dice algo parecido.
Hablamos de bodas sevillanas. Ana había ido a una hacía tres semanas. En una finca por los Alcores. Trescientas personas. De esas donde no conoces ni a la mitad, pero acabas bailando con un señor que te presenta a su cuñado como si fuera ministro.
Sevilla.
Buitres, Sevilla no es una ciudad. Sevilla es un grupo de WhatsApp de tres millones de personas donde todo el mundo sabe lo que hiciste el sábado antes de que tú te hayas levantado el domingo. En Madrid puedes vivir diez años sin conocer a tu vecino de rellano. En Sevilla tu vecino sabe cómo se llama tu ex, a qué colegio van tus hijos y qué marca de aceite compras. Y si no lo sabe lo pregunta. Y si no lo pregunta se lo inventa. Y lo que se inventa suele ser peor que la verdad.
Esa frase me la dijo mi padre una Nochebuena, cuando mi tía Encarni aseguró que me había visto por el centro con una «rubia sospechosa» que resultó ser la dependienta de Vodafone que me estaba cambiando la tarjeta SIM.
Mi vida es El Show de Truman. Siempre lo ha sido. No lo digo en plan poético. Lo digo como diagnóstico.
En Leeds me encontré a un primo segundo de mi madre en un Tesco. Yo estaba comprando cereales. Él compraba salchichas. Nos miramos en la sección de congelados con la cara de dos fugitivos que acaban de descubrir que la Interpol tiene sucursal en Yorkshire. No dijimos nada. Nos saludamos con la cabeza como dos mafiosos que respetan un pacto de silencio. A la semana siguiente mi madre me llamó: «José María, ¿tú qué haces comiendo cereales para desayunar? Eso no es un desayuno. Eso es alpiste para canarios.» El primo había cantado por soleares. En Sevilla siempre cantan. Es una ciudad de chivatos con gracia.
En La Valeta, en un restaurante de quince mesas en el que me había metido precisamente porque era diminuto y no iba a conocer a nadie, una comensal me dio una palmadita en el hombro. «Perdona, ¿tú no eres paciente del doctor Herrero, el de la clínica de Arturo Soria?» Era la hermana del dentista. Me reconoció por la mandíbula. Por la mandíbula, buitres. Yo estaba con una cita que hasta ese momento iba razonablemente bien. La hermana del dentista se sentó con nosotros diez minutos a contarme que su hermano decía que yo apretaba los dientes por las noches «con una intensidad preocupante». La cita no repitió. Ni yo en el dentista.
Y en Gibraltar, que es un sitio al que vas justamente porque piensas que ahí no te va a encontrar nadie, compartí oficina tres meses con un chaval de Valladolid que resultó haber salido con una ex de Iván. Lo descubrimos un viernes de cañas cuando los dos sacamos el móvil y teníamos la misma foto de grupo de una barbacoa en la sierra. Año 2014. Iván salía en bañador de flores, con unas gafas de sol que no eran suyas, una cerveza en cada mano y una postura de galán de telenovela venezolana que ni él se creía. El chaval me miró. Yo miré al chaval. Y los dos dijimos a la vez: «¿Tú también conoces a ese imbécil?»
Mis amigos lo dicen en broma: «Pepe, tu vida no es normal. Tú vives en un reality.»
Pero esa noche decidí no ser Colombo. Decidí ser Pepe. Solo Pepe, hablando con una mujer que le gustaba.
Y entonces, a las doce y media, Ana abrió otra puerta.
TrianeradeCuna: Oye, Pepe.
Pepe. Ya lo usaba con naturalidad. Eso también era peligroso.
Matador84: Dime.
TrianeradeCuna: Esto de hablar solo cuando coincidimos en Terra es un poco del siglo pasado, ¿no?
Me quedé inmóvil.
TrianeradeCuna: ¿Te apetece que nos pasemos los números? Por si el domingo surge cualquier imprevisto. O por si tu amigo el Ejecutivo te vuelve a secuestrar.
El número. WhatsApp. Vida real.
Buitres, Terra era una coartada fenomenal para un latin-lover en paro como yo. Cutre. Anacrónica. Pero coartada. WhatsApp era posar en el photocall, con luces y taquígrafos, sin que nadie te lo pidiera. Foto de perfil. Posibilidad de audio. En Terra éramos nicks totalmente anónimos y a salvo. En WhatsApp eres una foto, una última conexión y un error esperando a poner todo patas arriba.
Y entonces recordé mi foto de perfil.
Yo con Bosco y Lucas en la playa. Gorra ridícula. Camiseta mojada. Cara de padre que ha perdido una chancla y parte de su escasa autoridad.
Buena foto para demostrar que amo a mis hijos. Mala foto para que una mujer piense: «quiero tomarme un vermú con ese señor».
Consideré cambiarla.
El problema es que mis únicas fotos en solitario pertenecen a tres categorías:
Uno: bodas, donde salgo tieso, sudado y con la camisa pidiendo auxilio. Dos: pádel, donde parezco un comercial de seguros lesionado. Tres: fotos que me hizo Inés en viajes antes del divorcio, donde mi sonrisa tiene ya la tristeza administrativa de una relación en tiempo de descuento.
Decidí dejar la foto con mis hijos. Fue mi primer acto adulto de la noche. Me dejó agotado.
Escribí en Terra:
Matador84: Me parece perfecto. Te paso el mío.
Tecleé el número. Lo miré. Lo borré. Lo volví a escribir.
Matador84: 6XX XXX XXX. Y sí, mejor prevenir por si EjecutivoAtractivo43 vuelve a intentar ayudar a su manera.
TrianeradeCuna: Apuntado. Yo soy el 6XX XXX XXX. Pero ni se te ocurra llamarme antes del domingo. Buenas noches, Pepe.
Pepe. Otra vez.
Matador84: Buenas noches, Ana.
Se desconectó.
No Trianera.
Ana.
Ana se desconectó.
Me quedé sentado delante del portátil con su número en la pantalla y la sensación exacta de haber metido una bengala encendida en el cajón de la ropa interior.
Cerré Terra.
Abrí WhatsApp.
Añadí contacto.
Nombre: Ana.
Me pareció demasiado poco. Ana qué. Ana Terra, no. Ana Trianera, demasiado evidente. Ana Vermú, demasiado triste. Ana No Cagarla, demasiado honesto.
La guardé como Ana. Sin apellido. Sin contexto. Sin coartada.
Al segundo apareció su foto de perfil.
De espaldas. En lo que parecía una terraza con sol. Pelo largo y moreno. Un vestido de tirantes y una copa levantada hacia alguien que no salía en la foto.
Solo eso. Una espalda, una copa y un vestido de verano.
Buitres, hay hombres que se enamoran de una sonrisa. Yo me enamoré de una nuca en una foto de cuarenta píxeles.
Me metí en la cama.
Comprobé la puerta.
Una. Dos. Tres. Cuatro.
La cuarta fue floja, así que hice una quinta de penalización.
Yo, tumbado en la cama, con el número de Ana en el móvil y el domingo a la vuelta de la esquina, empecé a imaginar la cita.
Yo entrando al bar de La Latina. Camisa azul. Cara de pedir perdón. Ojeras de guardia. Manos hidratadas con reparación intensiva. Ana sentada con bufanda roja.
Y de fondo, Sevilla entera detrás de una cortina con ganas de comentar la película.
Porque eso hace Sevilla. No te deja vivir tranquilo ni a setecientos kilómetros.
El móvil vibró.
Ana.
Me incorporé en la cama.
Abrí WhatsApp.
Ana: Por cierto, Pepe. Una cosa.
Solo eso. «Por cierto, Pepe. Una cosa.»
Hay mensajes cuya notificación llega con la BSO de Tiburón.
Vi el «escribiendo…» aparecer debajo de su nombre. Desapareció. Volvió. Desapareció.
Por fin llegó.
Ana: Tus hijos. ¿En qué colegio están?
No contesté inmediatamente. No porque no quisiera. Porque me pareció una pregunta rara a las doce y media de la noche. Pero era Ana. Y Ana pregunta cosas inesperadas a horas intempestivas.
Yo: En el San Ignacio. ¿Por?
Ana: Por nada. Curiosidad.
Ana: Buenas noches, Principito.
Curiosidad.
Buitres, las mujeres no preguntan por curiosidad. Las mujeres preguntan porque ya saben la respuesta y quieren ver si tú la sabes también.
Apagué el móvil.
Lo encendí otra vez.
Curiosidad.
Abrí el chat de Iván.
Yo: Ana me ha preguntado a qué colegio van mis hijos.
Iván contestó al instante, que es una de las pocas veces en que la amistad y el desastre tienen buena cobertura.
Iván: ¿A las doce y media de la noche?
Yo: A las doce y media de la noche.
Iván: A ver, a ver. Opciones. Una: es psicóloga infantil y ya te está evaluando a ti de rebote. Dos: trabaja en el colegio y os ha visto llegar tarde cuatrocientas veces. Tres: es una espía rusa y necesita los datos para un informe del KGB.
Yo: ¿La espía rusa es la opción tranquilizadora?
Iván: En tu caso sí. Buenas noches, torpedo de Moscú. No le des más vueltas que te conozco.
Apagué el móvil.
Esta vez de verdad.
No sé si esto es una historia de amor.
Pero como investigación, empieza fuerte.
· · ·
— 5 —
· · ·
Buitres, un hombre no debería depender de un segundo saque para llegar puntual a una cita.
Ni a los cuarenta y dos.
Ni con una camisa azul que no recordaba tan ceñida antes de Navidad.
Ni con una mujer llamada Ana esperándole en La Latina con una bufanda roja y una capacidad preocupante para oler la mentira a través de WhatsApp.
Pero me tocó depender de un segundo servicio inesperadamente frágil.
De una derecha cruzada demoledora que le castigaba en cada resto.
De un as de la raqueta al que se le complicó ganar el Grand Slam de Australia más de lo previsto.
Aunque el principal culpable de este marrón dominguero fue Gigi Gentile.
Gigi es el trader italiano de tenis de mi empresa. Napolitano de cincuenta y tantos, camisa abierta hasta el ombligo, voz cazallera de haber discutido con camareros, directores de riesgo y exmujeres, y una habilidad sobrenatural para desaparecer justo cuando alguien necesita que trabaje.
Gigi no evita el trabajo. Lo torea.
Gigi no dice «no puedo». Gigi dice:
—Peppino, fratello mío, io estoy sopra la cosa, tranquillo, tutto sotto controllo.
Y no está sopra nada. Ni tranquillo. Ni sotto controllo.
Gigi tiene siempre «un problemita». Siempre en diminutivo. Problemita. Llamadita. Cafecito. Momentito. Si Gigi atropellara un tranvía, mandaría un audio:
—Peppino, piccolo incidente con transporte pubblico, ma niente grave, tutto bene, io arrivo en cinque minuti.
Gigi nunca llega en cinco minutos. Gigi vive a cinco minutos de todos los sitios como concepto filosófico.
John le odia. Le odia en inglés, que es peor: sin levantar la voz, diciendo «interesting» y cerrando muy fuerte el portátil. Pero no se atreve a despedirle porque echar a Gigi costaría a la empresa un ojo de la cara, un par de abogados y probablemente una auditoría farragosa.
Gigi, con John, habla un inglés macarrónico que debería estar prohibido por la Unión Europea.
—Yes, John, absolutely, I am full focus on tennis situation, but on Sunday I have small family complication, very delicate, you understand, family is family, but Pepe can cover, Pepe is serious guy, very serious, no problem, my friend.
Pepe is serious guy.
Esa fue la bala que me mató.
La guardia de la final del Australian Open era de Gigi. Pero Gigi tenía un «problemita familiar». Así que John hizo lo que hacen muchos jefes modernos cuando tienen un problema que no pueden resolver: pasárselo a otro.
Ese otro fui yo.
Tú eres hombre serio, Peppino.
Cuando me dicen eso ya sé que me están cargando un muerto.
El plan era sencillo. Conectarme a las siete de la mañana desde casa. Supervisar las decisiones del equipo que estaba en la oficina sin que ellos fueran conscientes. Cerrar antes de la una de la tarde. Ducharme. Ir a La Latina. Conocer a Ana. Tomar un vermú. Decir tres frases normales. Que ella no se levantara de la mesa.
Puerta grande.
Como ya sabéis, mis planes tienen la solidez de una sombrilla barata en Tarifa.
A las 6:38 sonó el despertador. Domingo. Oscuro. Frío. Ese frío madrileño seco. Es una ciudad diciéndote: «¿seguro que quieres salir de la cama?».
Me levanté. El cuerpo no quería. Pero el cuerpo lleva cuarenta y dos años sin querer y aquí seguimos. Café malo. Portátil. Mercados. Alertas. Slack. Retransmisión.
A las 7:04 John escribió:
John: Morning mate. Thanks again for jumping in. Should be straightforward.
Should be straightforward. En inglés, esa frase significa exactamente lo contrario. Es como cuando Iván dice «controlado». Huye.
El partido empezó a las nueve y media. El favorito salió a pista con la energía de un extra de una película de Zombies y perdió el primer set. Para un espectador normal, eso era emoción deportiva. Para mí fue una patada en la entrepierna en toda regla.
Luego el partido pareció arreglarse. El favorito despertó. Yo respiré. Y entonces se retorció otra vez. El cuarto set se puso feo. No feo de «qué emoción». Feo de «aquí huele a quinto».
John escribió:
John: This could go long.
Gracias, John. Solo estaba viendo cómo un señor en Melbourne intentaba arruinar mi primera cita desde que Terra era un fenómeno de masas en la Españita feliz.
A las 11:18 escribí a Ana.
Yo: Sigo vivo. De momento.
Ana: Eso ya es más de lo que esperaba.
Yo: Todo bajo control.
Ana: «Todo bajo control» es una frase que solo dicen los hombres justo antes de perderlo.
No contesté. Porque tenía razón. Eso, últimamente, empieza a ser una costumbre incómoda.
A las 12:26 el no favorito tuvo bola de set. Bola de quinto. Bola de mandar mi cita a paseo.
Me puse de pie. El cuerpo cree que, si te levantas en un piso de Madrid, puedes influir en un partido de tenis en las antípodas.
El favorito salvó la bola. Punto de partido. Lo ganó y se acabó la final.
Levanté los brazos en el salón. Solo. En pijama y calcetines. Con una camisa azul colgada en la puerta y un café que ya era agua turbia.
John: Brilliant stuff, mate. Quick wrap-up and we’re done.
Quick wrap-up. El veneno final. Porque «wrap-up» no es cerrar. Es limpiar la escena del crimen.
Cuando cerré el portátil eran las 13:06. Tiempo para una ducha express. Había quedado a las 13:45. El metro decía llegada 13:59. El bus decía: no seas ridículo. Abrí Uber. Precio dinámico. Por supuesto. Madrid detectó que yo necesitaba un coche y subió la tarifa hasta el infinito y más allá.
El conductor se llamaba Aurelio. Toyota gris. Olor a pino. Bigote fino. Chaleco acolchado. Mirada de taxista, aunque la aplicación fingiera otra cosa. Hay gente que nace taxista, aunque Silicon Valley le llame colaborador.
—Usted va con prisa —dijo. No preguntó. Diagnosticó.
—Un poco.
Arrancó. En la radio hablaban de la final.
—Partidazo —dijo Aurelio—. Casi da la sorpresa el no favorito. Tuvo sus opciones. Le faltó alargar el partido al quinto set.
La frase me atravesó.
—¿Va a una cita?
Buitres. No sé qué le pasa a mi cara.
—Voy a tomar un vermú.
—Eso es una cita.
—Puede ser solo un vermú.
—Nadie paga tarifa dinámica para solo un vermú.
—Siempre hay una primera vez —admití.
Aurelio asintió con gravedad.
—Entonces no llegue corriendo. Llegue rápido, pero no corriendo.
—¿Eso qué significa?
—Que antes de bajarse respire. Si entra con la lengua fuera, pierde el primer set.
Mi padre me dijo algo parecido antes de mi boda. «Pepe, respira, que pareces un pollo de asador de feria.» Respiré. Me casé. Y ya habéis visto cómo acabó.
Llegamos a La Latina a las 13:42. Tres minutos antes. Puntual oficialmente. Fundido físicamente.
Antes de bajarme, Aurelio me miró por el retrovisor.
—Respire.
Respiré.
—No mucho —dijo—. Que parece raro.
Esbocé una mueca forzadísima de agradecimiento mientras se despedía.
Me bajé.
Me quedé en la acera. Hasta hace un rato estaba viendo tenis en pijama y calcetines. Ahora estaba a cien metros de una mujer a la que solo conocía por un nick, una bufanda roja y la forma de decir «Principito» a medianoche. Cuatro noches de chat. Un auricular izquierdo que no era mío. Y un penalty que ella todavía no sabía que había mandado por encima del larguero de verdad.
La Latina estaba gris, fría y llena de gente convocada allí por una autoridad superior para impedir que yo encontrara a una mujer con bufanda roja.
El cielo tenía color de servilleta usada.
El móvil. 13:43. Ana no había escrito.
Habíamos pactado reconocernos fácil. Ella: bufanda roja. Yo: camisa azul bajo mi abrigo azul marino. Y, según ella, «cara de estar a punto de disculparte». La camisa la llevaba. La cara ya venía de serie.
Miré alrededor. Bufandas rojas. Demasiadas. De repente todo Madrid había decidido cubrirse el cuello en una suerte de Dónde está Wally.
Localicé una junto a una farola. Mujer de espaldas. Pelo oscuro. Abrigo claro. Bufanda roja.
Pepe, espera.
Pepe, mira bien.
Pepe, no entres como un Boy en una despedida de soltera.
Me acerqué. Porque yo escucho a mi conciencia como Gigi obedece a John.
—¿Ana?
La mujer se giró. No era Ana. Era una chica con pestañas de competición, abrigo blanco y una expresión que decía: «¿Quién es este pavo?». A su lado un tío, con gorro negro y hombros de persona que usa máquinas del gimnasio sin leer instrucciones, me miró desafiante. Esa calma de los hombres que no necesitan levantar la voz porque ya pesan bastante.
—Perdona. Me he confundido.
La chica me escaneó de arriba abajo con cara de pocos amigos.
—Ya.
—Estoy esperando a una persona —añadí.
¿Por qué? ¿Por qué añadí eso? ¿Qué necesidad tenía aquella pareja de conocer mi hoja de ruta?
El novio, marido, acompañante o guardaespaldas dijo:
—Pues sigue esperando tronco.
Me retiré. Con dignidad no. Con celeridad. Que es lo que hace uno cuando no quiere añadir más problemas a su lista particular.
Me vibró el móvil.
Ana: Ya me estás siendo infiel, Principito.
Ana: Pero lo que de verdad me duele es que pienses que yo pueda llevar ese abrigo.
Buitres. Ana lo había visto. Todo. Desde algún lugar de la plaza.
Ana: A tu izquierda.
Giré a la derecha. Porque soy así.
Ana: La otra izquierda.
Entonces la vi.
Bufanda roja. Pelo recogido. Abrigo oscuro. Apoyada cerca de una esquina de la plaza, con el móvil en la mano y esa media sonrisa de persona que no solo ha visto la caída, sino que además ha puntuado la técnica y la ejecución.
Ana era real.
No os voy a hacer una descripción de catálogo. Ya tenemos una edad. Pero sí os digo esto: hay gente que llega a un sitio y busca dónde colocarse. Ana no. Ana parecía ya colocada antes de llegar. Como si la plaza hubiera tenido que adaptarse a ella.
Me acerqué. Intenté sonreír. Creo que enseñé demasiados dientes.
—Hola —dije. Menudo patinazo.
—Empezamos fuerte.
—No era lo que parecía.
—Era el ABC del buen gusto, Pepe. Riéndose sin disimulo.
Me llamó Pepe. En persona. Mi nombre sonó distinto. No mejor. Más peligroso.
Nos dimos dos besos. Casi fallo también ahí. No sabía si Ana era de dos besos, abrazo, beso al aire, saludo europeo o protocolo sevillano completo con comentario sobre el frío. Ella decidió. Dos besos. Yo obedecí con la torpeza de un hombre que no ha ensayado lo suficiente con adultos.
Ana olía a frío de calle y a algo que no supe identificar porque mi compendio olfativo se reduce a «colonia», «limpio» y «huele raro».
—Llegas justo —dijo.
—Pero he llegado.
—Como el favorito.
—¿Has visto el partido?
—No. Pero has retransmitido la tragedia deportiva por WhatsApp sin darte cuenta.
Los dos primeros bares nos rechazaron como quien rechaza un CV sin foto. En el tercero encontramos una repisa lateral. No era una mesa. Era un paripé. Un mueble en prácticas. Entre una pareja que discutía si pedir torreznos era «demasiado» y dos franceses bebiendo vermú con la concentración de quien cree estar participando de una tradición ancestral.
—Esto no es una mesa —apunté.
—Es perfecta. Si la cita va mal, tenemos excusa para irnos pronto. Si va bien, nos parecerá íntima.
Esa mujer convertía la incomodidad en ventaja. Eso, en una cita, es dopaje.
Pedimos dos vermús. Brindamos.
—Por Terra —dijo Ana.
—Por los motivos científicos.
—Hoy no.
—¿No?
—Hoy no.
Ana bebió. Me miró.
—A ver, Pepe. ¿Has estado a punto de cancelar?
—He estado a punto de informar de contingencias deportivas.
—Eso es pedir una prórroga.
—Técnicamente era trabajo.
—Técnicamente todos tenemos coartadas.
Silencio. No incómodo. Pequeño. Los silencios incómodos se inflan. Este no. Este se quedó en la repisa, al lado de las aceitunas, como si también hubiera pedido vermú.
—¿Y Gigi? —preguntó ella.
Me quedé helado.
—¿Cómo sabes lo de Gigi?
—Me lo has escrito.
Saqué el móvil. Efectivamente. En uno de mis mensajes de pánico había enviado:
Yo: Si Gigi hubiera hecho su trabajo yo ahora sería una persona feliz y descansada.
Le conté lo justo. Gigi. Napolitano. Tenis. Problemita familiar. John odiándole en silencio. Ella escuchó con mirada atenta y la sonrisa en pausa. Cuando terminé, dijo:
—Gigi me cae bien.
—No puedes decir eso.
—Claro que puedo. No trabajo con él.
—Gigi ha puesto en peligro este vermú.
—Entonces le debemos algo. Sin Gigi no estarías aquí tan alterado.
—Yo habría preferido venir sereno.
—No te pega.
Eso me gustó. No debería. Pero me gustó.
La pareja de al lado pidió los torreznos. Doble ración. Eso en lenguaje de pareja significa: hemos discutido, nadie ha ganado, y ahora comemos los dos callados hasta que se nos pase o se acabe el plato.
La conversación empezó a moverse sola.
Terra. Madrid. Sevilla. Los domingos. La gente que vuelve a sitios viejos para comprobar si sigue siendo la misma persona.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué Terra?
Ana cogió una aceituna. La miró.
—Hoy no.
—Otra vez «hoy no».
—Te estoy dosificando.
—¿Por prescripción médica?
—Por mi supervivencia.
—Eso suena grave.
—Tú también suenas grave cuando intentas parecer ligero.
Ana tenía secretos. Yo también. El mío se llamaba «curiosidad». Una pregunta sobre colegios a las doce y media de la noche que seguía parpadeando en mi cabeza como la lucecita del cargador en la oscuridad.
Pero hoy no. Hoy no era día de investigar. Hoy era día de vermú.
Un camarero pasó detrás de mí y me golpeó con una bandeja.
—Perdón —dijo sin detenerse.
—No pasa nada —contesté.
—Sí pasa —dijo Ana—. Que pides perdón hasta cuando te golpean a ti.
Me quedé con el vaso a medio camino.
—¿Inés te lo decía?
Primera mención. Inés. Me pilló sin defensa.
—Inés tiene un Excel interior —dije—. Lo malo es que casi siempre cuadra.
Ana se rio. Pero no se rio de Inés ni de mí. Se rio de la frase. Y eso contó más que el vermú.
—¿Y tus hijos?
—Bosco y Lucas. Catorce y once. El mayor ya me mira como si yo fuera un boomer. Lucas todavía me quiere, pero se le está pasando.
Ana sonrió de otra manera. Más suave.
—Se nota que te importan.
Me puse incómodo. No porque fuera falso. Porque era cierto.
—Aunque lo hagas regular —añadió.
Ahí estaba. La colleja. Gracias a Dios. La ternura sin colleja me habría matado.
A mi lado, uno de los franceses le hizo una foto al vermú. La tercera en diez minutos. Su compañero le preguntó algo en francés y él contestó con una palabra que sonó a «extraordinaire». Buitres, un francés diciendo «extraordinaire» delante de un vermú con aceituna gordal es lo más cerca que España ha estado de ganar una guerra cultural.
Y ahí me pasó algo peligroso. No pensé «qué guapa». Eso ya lo había pensado antes, con una falta de originalidad alarmante. Pensé: me está viendo. Y a nuestra edad, que alguien te vea es muchísimo peor que gustarle. Porque gustar puede ser una iluminación mala, una camisa decente, un vermú bien servido. Pero que te vean es otra jurisdicción.
La charla siguió. Ana dirigía sin parecer que dirigía. Me llevaba por donde quería con una mezcla peligrosa de mirada intensa, guasa y risa magnética. Cuando yo intentaba hacerme el gracioso, me dejaba. Cuando me pasaba de gracioso, me frenaba. Cuando intentaba escapar de una pregunta, me clavaba una mirada que decía «ya, ¿y?». Y yo reculaba para pasar por el aro. Eso debería estar regulado.
En algún momento dijo:
—Tú en persona eres menos Matador.
—¿Y qué soy?
Se lo pensó. Lo suficiente.
—Eres más Pepe.
Pepe no es un nombre que entre en una habitación y pida respeto. Pepe entra y pregunta si molesta. Pero en boca de Ana, en aquel rincón diminuto de La Latina, ser más Pepe me pareció una posibilidad aceptable. Incluso buena.
Pedimos otra ronda. Sí. Otra. No me miréis así. El vermú no resuelve, pero acompaña el descubrimiento. La segunda ronda fue más peligrosa porque ya no estábamos en los primeros minutos. Los primeros minutos tienen protocolo. La segunda ronda ya tiene intención.
Ana miró la hora.
—Me tengo que ir en un rato.
«En un rato» me produjo una mezcla de pena y alivio. Pena porque quería quedarme. Alivio porque si la cita seguía demasiado, yo podía empezar a soltar demasiadas verdades. Y eso, en domingo, es jugar con fuego.
—Claro —respondí con pesar.
—Has puesto cara de funeral.
—Es mi cara de comprensión.
—Es tu cara de «quiero pedir otra, pero intento parecer un hombre con planes».
—Tengo planes.
—¿Cuáles?
—Volver a casa y analizar esta conversación durante seis horas.
—Buen plan. Te pega muchísimo.
Se abrigó. Salimos a la calle. La plaza seguía gris y llena. Caminamos unos metros sin decir demasiado. A veces una cita que va bien necesita un pequeño silencio para comprobar si sobrevive sin chistes. Sobrevivió.
Ana se detuvo.
—Bueno, Matador.
—¿Ya volvemos a Matador?
—No te emociones. Pepe también está en observación.
—Has estado «mejor» de lo previsto.
—Gracias. Creo.
—No he dicho «bien». «Mejor». Que no es lo mismo.
Nos dimos dos besos. Esta vez estuve más hábil. En el segundo, Ana apoyó un momento la mano en mi brazo. Un segundo. No hagáis de esto una película. Ya la hice yo.
—Escríbeme cuando llegues —dijo.
—Vale.
—Y no a otra cualquiera con bufanda roja.
Se fue. Ni deprisa ni despacio. Con esa manera de irse de la gente que sabe que la están mirando y decide no ayudarte.
La vi cruzar la plaza. Me quedé quieto. Como un señor. Como un imbécil. Como ambas cosas, que a partir de los cuarenta y dos suelen coincidir.
Ana: Has sobrevivido al vermú, al tenis y a tu intento de traición con la del abrigo blanco.
Ana: No está mal para ser Pepe.
Escribí demasiado rápido.
Yo: ¿Eso significa que hay segunda parte?
Ana tardó. Poco. Muchísimo. Lo suficiente para que yo imaginara tres finales, dos rechazos y una mudanza.
Ana: Eso significa que la próxima vez te cuento la verdad.
Yo: ¿Qué verdad?
Escribiendo…
Desapareció. Volvió. Desapareció. Volvió.
Ana: La de Terra.
Tragué saliva.
Ana: Y quizás también la mía.
Me quedé en mitad de La Latina. Con el frío. Con el móvil. Con la sensación de que Aurelio tenía razón.
«Le faltó alargar el partido al quinto set.»
Pero a lo mejor, mi partido acababa de empezar.
· · ·
— 6 —
· · ·
Buitres, creo que Inés tiene una cita.
Hoy. Este domingo. El mismo domingo en el que yo he tomado un vermú con Ana. Mientras yo estaba en La Latina intentando no parecer un hombre que viene a pedir perdón. Inés se estaba poniendo un abrigo nuevo y un perfume que no le sonaba a mi pituitaria para ir a algún sitio con alguien que no soy yo.
Y eso no debería importarme. Pero me importa. Como me importaba María a los quince cuando miraba a Salva en vez de a mí. Como me importan las cosas que ya no son mías pero que siguen pareciendo mías.
Todavía estaba en el metro. Todavía tenía la bufanda roja en la cabeza y esa sonrisa de idiota que le sale a un hombre cuando algo le ha ido bien y no sabe qué hacer con eso.
Y entonces apareció el audio.
Inés.
Veinte segundos.
«Pepe, necesito que te quedes con los niños esta tarde. Los llevo a tu casa sobre las seis. Tengo un plan y no puedo cambiarlo. Confirma.»
Tengo un plan.
No «tengo una cena». No «tengo una reunión». Un plan. Sin nombre. Sin contexto. Sin explicación. Y yo, que llevo dos años sin preguntar nada, de repente quise preguntar.
Por supuesto no lo hice.
Los felpudos no preguntan. Confirman.
Llegué a casa. Me duché para ponerme cómodo. Guardé la camisa azul con la reverencia de un torero que guarda el traje de luces después de una tarde decente. Y durante cuarenta y cinco minutos fui un hombre con el número de una mujer con bufanda roja en el móvil y un mensaje que decía «la próxima vez te cuento la verdad».
Cuarenta y cinco minutos.
Eso es lo que dura la felicidad cuando tienes custodia compartida y una ex con planes.
A las seis menos cinco sonó el telefonillo. El Audi Q5 de banca privada estaba en doble fila. Como siempre. Como si aparcar mal fuera una decisión patrimonial.
Lucas salió corriendo.
—¡Papá! Mamá dice que hoy podemos cenar pizza.
Lucas siempre negocia en el momento justo. Tiene once años y ya entiende que las concesiones se piden cuando el adulto está distraído. Será un gran abogado o estafador.
Bosco bajó del coche con la desgana de un ministro que desciende de un coche oficial para dar un mitin en zona hostil. Me miró. Asintió. A los catorce años, un asentimiento de tu hijo es lo más parecido a una carta de amor que vas a recibir.
Inés se quedó junto al coche. Llevaba un abrigo que no le había visto antes. Gris. Elegante. De esos abrigos que no se compran: se adquieren a conciencia. Perfume que no era el de siempre. Pelo suelto un domingo por la tarde…
—Gracias —dijo.
—De nada. ¿Te los acerco mañana?
—A las ocho. Antes de clase.
Entonces miró la fachada del edificio. Arriba y abajo. Con esa forma suya de escanear las cosas como si estuviera tasándolas para una subasta.
—¿Habéis cambiado el telefonillo?
—No.
—Pues suena distinto. Más agudo. Deberías avisar al administrador.
Solo Inés es capaz de hacer una reclamación de comunidad mientras deja a los niños en doble fila.
Acto seguido me miró fijamente un segundo más de lo normal.
Un segundo de Inés vale por una hora de cualquier otra persona.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —respondí con rapidez.
—Tienes cara de domingo distinto.
—¿Ah sí? Me ha tocado currar esta mañana y he tomado un vermú…Con Iván.
Mentira descomunal. Iván es mi coartada universal desde hace veinte años. «Estaba con Iván» es la versión adulta de «el perro se ha comido los deberes».
Inés me miró como quien cierra una carpeta sin archivarla: la guarda para después. Se subió al coche. Arrancó. Y se fue oliendo a perfume nuevo y a plan sin nombre.
Buitres, Inés iba a algún sitio. A algún sitio con alguien. Y eso debería haberme dado igual. Pero no me dio igual. Y que no me diera igual me cabreó, porque yo acababa de tomar un vermú con una mujer con bufanda roja y no tenía derecho a que me importara dónde iba mi ex un domingo por la tarde.
Pero me importó.
Porque los divorciados no son divorciados del todo. Se divorcian de la convivencia. De la hipoteca. De las cenas con los suegros. Pero del radar no te divorcias nunca.
Subí a los niños. Lucas ya estaba montando un circuito con piezas de tres juegos distintos. Bosco se tumbó en el sofá. Me senté en la cocina. Saqué el móvil. Dos conversaciones abiertas una debajo de otra.
Ana.
Inés.
Como una tabla de contenidos de mi desastre sentimental.
Y fue ahí, en esa cocina que olía a Lego y a pizza por decidir, cuando me vino otra cocina. Una de hace diecisiete años. Una que olía a alcohol, a tabaco ajeno y a futuro.
La cocina de Marcos.
Marcos merece explicación.
Marcos Iturriaga del Moral es el tipo de madrileño que nace con tres pisos bajo el brazo y una opinión fundada sobre los vinos de Ribera. Estudió en un colegio privado de la Moraleja donde aprendió a jugar al tenis antes que a dividir. Hijo de abogado, nieto de abogado, sobrino de notario. La tradición familiar era el derecho. Marcos eligió el deporte.
No como deportista. Como negocio. A Marcos le apasionaba el deporte con la misma intensidad con la que a su padre le apasionaba el Código Civil. La diferencia es que su padre ganaba juicios y Marcos ganaba amigos. Financieramente era un desastre. Humanamente era el mejor fichaje de mi vida.
Marcos es un friki del deporte que tiene la suerte de que su familia podría comprar el estadio en vez de la entrada. Trabajaba en la misma empresa que yo, en el mismo sector. Pero Marcos no trabajaba porque necesitara el dinero. Marcos trabajaba porque le gustaba estar cerca de los números del deporte y porque la alternativa era ser abogado como su padre, y eso le parecía «un coñazo de dimensiones bíblicas». Que es una frase que solo puede pronunciar alguien que tiene dónde caerse. Los demás decimos «no me gusta mi trabajo» y seguimos fichando a las ocho. Marcos dijo «coñazo» y se cambió de carrera como quien cambia de restaurante.
Al final la carrera le cambió a él. Pero eso es otra historia.
Marcos y yo coincidimos en Leeds. Nos reclutaron juntos. Volvimos a Madrid de la mano de John. Y en Leeds descubrimos que debajo de su camisa de marca y de mi polo de Zara había dos tíos a los que les apasionaba el fútbol, la cerveza y quejarse del tiempo inglés. Marcos pagaba las cenas. Yo pagaba los taxis. Los dos fingíamos que era justo. Así funcionan las amistades entre ricos y pobres: con un reparto desigual que nadie menciona y una lealtad que compensa la diferencia.
Cuando volvimos a Madrid, Marcos hizo dos cosas. La primera: llamar a su amigo Iván, al que conocía de la universidad, para que compartiera piso conmigo. «Es de Segovia. Llega tarde a todo. Pero tienes las risas aseguradas.» La segunda: invitarme a la Nochevieja de 2009 en uno de los pisos de sus padres.
«Uno de los pisos.»
Marcos dice eso como quien dice «uno de mis calcetines». Así viven los Iturriaga del Moral.
El piso estaba en Chamberí. Más que un piso era toda una planta, con techos de cuatro metros, y una inmensidad inabarcable a primera vista. Treinta personas. Cuarenta botellas. Un árbol de Navidad que parecía haber sobrevivido a la guerra civil. Y un sistema de sonido que consistía en un portátil conectado a unos altavoces que sonaban a latón.
Yo no podía ir a Sevilla porque John, mi queridísimo John, me había puesto guardia el uno de enero. Premier League. Los ingleses juegan al fútbol el día de Año Nuevo como los españoles comen turrón en Navidad: por obligación cultural. Así que me quedé en Madrid con Iván, que se quedó porque Marcos le vendió que en la fiesta habría «tías interesantes». Iván se queda en cualquier ciudad del planeta si alguien le promete tías interesantes. Es como un GPS sexual con muy mala señal.
Entré con Iván en el piso de los Iturriaga del Moral. Me sentí inmediatamente fuera de lugar. Todos se conocían. Todos tenían historia. Todos tenían apellidos que sonaban a calle del barrio de Salamanca. Yo era el sevillano que venía con Iván. El más uno sin invitación propia.
En Sevilla, a esas horas, mi madre estaría forrando la mesa del salón con papel de periódico. Mi padre estaría cortando jamón con la concentración de Kasparov en la última jugada y mi primo Nono estaría calentando motores para cantar rocieras a partir de las dos. Aquí la gente brindaba con champán francés y hablaba de esquí. Yo no había esquiado en mi vida, Hulio.
Y ahí estaban Beltrus y Cova.
Beltrán Arroyo-Ledesma, alias Beltrus en su círculo, y Covadonga Prado-Montero, conocida alias Cova, eran la clase de pareja que parece diseñada en un laboratorio de endogamia con denominación de origen. Beltrus llevaba un jersey de cuello vuelto que costaba más que mi alquiler y una sonrisa de hombre que ha aprendido a estar contento con lo que le ha tocado. Cova llevaba un vestido verde y una conversación sobre el esquí en Baqueira que no tenía principio, final ni razón de ser.
Lo que yo no sabía esa noche —y que tardé años en descubrir— es que Beltrus estaba enamorado de Inés desde el colegio. Enamorado de verdad. De esos amores que se llevan como una lesión crónica de rodilla: no te impiden andar, pero te condicionan la marcha. Inés le había rechazado con elegancia en algún momento de la prehistoria escolar y Beltrus había acabado con Cova porque las familias se conocían, los padres cenaban juntos y en ciertas calles de Madrid el amor es una variable secundaria respecto al código postal.
Pero eso lo supe después. Esa noche Beltrus era solo un tío con jersey caro que miraba mucho hacia la cocina.
Y en la cocina estaba ella.
Inés.
Con dos amigas. Con un vaso de vino blanco. Con un vestido negro que no necesitaba explicación. Pelo recogido. Pendientes pequeños. Y una forma de estar de pie que yo no había visto nunca. No estaba apoyada. No buscaba sitio. Estaba ahí. Como si la cocina existiera porque ella estaba dentro.
Inés era del colegio de Marcos. Del grupo de siempre. De esa gente que se conoce desde los seis años y que a los veinticinco ya ha compartido comuniones, bodas y un par de secretos que funcionan como seguros de vida social.
—Esa es Inés —me dijo Marcos al pasar—. Viene con Cova y Laura. No te acerques, que tiene el sentido del humor de un inspector de hacienda.
Y buitres, aquí tengo que ser honesto con vosotros.
Había algo de María en ella.
No en el aspecto. María era rubita con coleta y olía a colonia de instituto. Inés era morena con vestido negro y desprendía estilo por los cuatro costados. Además, tenía algo. Algo en la forma de no necesitarte. Algo en la forma de estar por encima sin mirarte por encima. Esa cosa que tienen ciertas mujeres que hace que un tío como yo, que debería haber aprendido la lección a los quince años con mi Panenka fallido y una carta interceptada, vuelva a cometer el mismo error.
El mismo error.
Pero con distinto vestido.
Lo que pasó después es culpa de Iván. Siempre es culpa de Iván.
Iván la vio. Iván fue. Iván le dijo algo que probablemente incluía la palabra «pibón» y un gesto con la copa que él consideraba sofisticado. Inés le escuchó. Le dejó terminar. Y le dijo:
—Eres muy simpático, pero creo que estás buscando en la cocina equivocada.
Iván volvió con la dignidad de un torero que ha recibido un aviso, pero se niega a abandonar la plaza.
—Me ha gustado mucho —dijo.
—Te ha rechazado.
—Sí. Pero con estilazo. Eso vale más.
Yo no tenía intención de acercarme. De verdad que no. Pero a las doce menos cinco sucedió lo que ocurre en todas las Nocheviejas a las doce menos cinco: histeria colectiva. Todos buscaban las uvas. Marcos subió el volumen del portátil y los altavoces emitieron un sonido que estaba a medio camino entre las campanadas y el arranque de un tractor diésel. Vi a Beltrus con dos copas cruzando el salón hacia la cocina. Vi a Cova agarrándole del brazo y llevándoselo hacia el balcón. Vi a Beltrus mirar una última vez hacia la cocina con la cara de un hombre que lleva diez años practicando la resignación.
Y yo acabé en la cocina buscando un vaso que no tuviera pintalabios ajeno.
Inés estaba sola. Junto a la ventana. Con su vaso de vino blanco y la postura de alguien que no necesita compañía pero que tampoco la rechaza si viene educada.
—¿No te vas a tomar las uvas? —pregunté.
Me miró. Y aquí necesito que entendáis algo. Los ojos de Inés a los veintisiete no eran los ojos de Inés a los cuarenta y dos. A los cuarenta y dos son un escáner de aeropuerto. A los veintisiete eran una interrogación explícita. Te miraban y te transmitían: ¿eres interesante o estoy perdiendo el tiempo?
—Estoy esperando a que todo el mundo se atragante para tener la cocina para mí sola.
—Buen plan.
—¿Tú también te escondes?
—Yo busco un vaso limpio.
—Tercer armario a la izquierda. Los limpios están arriba porque nadie en esta fiesta mide más de uno setenta y cinco.
Abrí el armario. Efectivamente. Inés mapeaba cocinas ajenas como otros mapean ciudades. Eso debería haberme asustado.
Cogí un vaso. Me serví una copa. Y en ese momento las campanadas arrancaron con la velocidad de un reloj que tuviera prisa por acabar el año.
Me metí tres uvas de golpe en la segunda campanada. Me atraganté en la quinta. A la octava ya había renunciado a la tradición y estaba intentando no morir delante de una mujer que me miraba con la expresión exacta de alguien que está valorando si llamar a una ambulancia o dejar que la selección natural haga su trabajo.
—¿Estás bien? —dijo.
—Perfectamente —contesté, con una uva atrapada entre la dignidad y la epiglotis.
Se rio.
Y buitres, ahí pasó todo.
La risa de Inés a los veintisiete no era la risa de Inés a los cuarenta y dos. A los cuarenta y dos Inés no se ríe: aprueba con un gesto. A los veintisiete su risa no daba permiso. Se escapaba. Como un gato que sale de casa sin que lo veas. Se le arrugaban los ojos. Se le aflojaba la mandíbula. Durante dos segundos dejaba de ser la mujer que mapeaba cocinas y se convertía en alguien que podía perder el control.
Dos segundos.
Tardé más de una década en entender que me enamoré perdidamente en esos dos segundos.
No en la conversación. No en el vestido negro. En los dos segundos en los que Inés se rio sin poder evitarlo.
Brindamos. Con vasos que no eran nuestros y bebida de dudosa calidad.
—Feliz año, Pepe.
—Feliz año, Inés.
Estuvimos hablando hasta las tres. Le conté mis peripecias en Leeds. Las apuestas. Que echaba de menos Sevilla. Ella me contó sobre su incipiente carrera en banca privada. Madrid. Que le gustaba el orden. Que no entendía a la gente que llegaba tarde.
—Yo llego tarde a todo —confesé.
—Ya me he dado cuenta.
—¿Y eso es un problema?
Me miró. Con esos ojos que a los veintisiete eran pregunta.
—Depende de a dónde quieras llegar.
Nos casamos dos años después. Tuvimos a Bosco. Tuvimos a Lucas. Los primeros años de sillita de paseo por el Retiro. Los intermedios de discusiones sobre colegios. Y los últimos de cenas en silencio donde el único que hablaba era Lucas preguntando si podía repetir postre.
No voy a contaros el divorcio. Hoy no. Eso es otra historia para no dormir y probablemente necesitaré muchos pistachos.
Pero sí os cuento esto:
Esta tarde, mientras Inés me entregaba a los niños con perfume nuevo y plan sin nombre, me vino todo. La cocina de Marcos. Las uvas. Los dos segundos. El «Feliz año, Pepe.» Y una cosa que no os había contado: había algo de María en Inés. Y ahora había algo de Inés en Ana. La misma chica inalcanzable con distinto nombre. La misma cocina con distinta bebida. Y yo siempre con el vaso equivocado.
Lo que se parece es peor que lo idéntico. Porque lo idéntico te permite anticipar «ya sé cómo acaba esto». Lo parecido te susurra: «puede que esta vez sea distinto.»
Inés también fue distinta.
Inés también fue lo mejor que me había pasado.
Y ahora Inés tenía planes sin nombre y perfume nuevo.
Cenamos pizza. Comprobé la puerta. Lucas se quedó dormido abrazando un cojín con forma de tiburón. Bosco estaba en su cuarto con la puerta cerrada. La casa estaba en silencio.
Miré el móvil.
Ana: ¿Has sobrevivido a la vuelta?
Yo: He sobrevivido. Me han encalomado a los niños y estoy KO.
Ana: Tus hijos. Algún día me los tienes que presentar.
Algún día.
Ana: Y tenemos una conversación pendiente, Principito. Pero hoy descansa que tu día ha sido super completito.
Cogí a Lucas en brazos. Pesaba más de lo que recordaba. Lo llevé a su cama. Le quité las zapatillas. Le tapé. Me quedé un segundo mirándole.
Un segundo de esos que pesan más que una cocina en Chamberí y que un vermú en La Latina.
Comprobé la puerta. Una. Dos. Tres.
Me metí en la cama. Apagué la luz. Y entonces hice algo que no debería haber hecho.
Abrí WhatsApp.
No le escribí a Ana.
Le escribí a Marcos.
Yo: Marcos, ¿has hablado con Inés últimamente?
Doble check.
Nada.
Ana me dice «algún día» y yo le digo «últimamente» a Marcos. Las dos palabras significan lo mismo: todavía no estoy preparado para lo que viene.
Matador84 nunca pregunta lo que quiere saber.
Pregunta otra cosa.
Y luego no duerme.
· · ·
— 7 —
· · ·
Buitres, Marcos me escalfó una cosa el jueves que me dejó la cabeza como la habitación de Bosco: todo por el suelo y sin saber por dónde empezar a recoger.
No os la voy a contar todavía.
Todavía no.
El jueves quedamos los tres mosqueteros en el bar de Rafa.
Marcos, Iván y yo.
Hacía mucho tiempo que no nos sentábamos juntos en el mismo sitio. Eso, a nuestra edad, ya tiene de todo menos de cena al uso. Tres hombres que se juntan para comprobar que los otros dos siguen vivos y siguen siendo igual de imbéciles.
Marcos ya no frecuenta antros así. Marcos se mueve como pez en el agua en restaurantes donde el camarero no dice «¿qué va a ser?», sino «¿les apetece empezar con algo al centro?»
Pero atendió nuestra llamada. Por los viejos tiempos.
Porque Marcos tiene una virtud: es un pijo con suspensión todoterreno. Puede comer en un club privado y cenar en una gasolinera y en los dos sitios parece que lleva años saludando al encargado.
Llegó con traje.
Claro.
Corbata aflojada.
Zapato serio.
Cara de hombre que acaba de firmar algo que yo no sabría leer sin la supervisión de un adulto.
Marcos ya no trabaja conmigo. Durante años jugó a escaparse de su destino. Trading. Deporte. Pantallas. Adrenalina. Esa mentira tan bonita de que uno elige su vida. Hasta que su familia ganó. La familia siempre gana. Al final claudicó y entró en el bufete, holding, despacho, entramado o como se llame esa cosa donde los apellidos compuestos se sientan alrededor de una mesa y deciden el destino de cifras mareantes.
Iván llegó tarde.
Cinco minutos.
Tratándose de Iván es puntualidad londinense.
No tuvo mejor ocurrencia que venir peinado con el pelo de pincho y gomina barata. Vestimenta propia de una discoteca de la Costa Marrón en 2006.
No dábamos crédito.
—¿Qué miráis tolais? —preguntó entre desafiante y garrulo.
—¿Te has mirado al espejo antes de salir CR7 de pega?
—Solo Xavi Hernández se atreve a seguir llevando ese peinado a estas alturas de la vida.
Marcos lo observó con la calma de un perito de seguros valorando un siniestro total.
—Pareces un comercial de una inmobiliaria chunga en una despedida de soltero en Benidorm.
Iván sonrió con orgullo.
—Gracias Marquitos.
—No era un elogio.
—Yo sí lo veo así, estoy hecho un chaval…
Entramos.
Rafa nos vio y su mirada expresó todo.
—Con todos ustedes…la UNESCO del fracaso.
—¿Qué harías tú sin nosotros? —pregunté.
Rafa miró a Marcos.
—Tú hace siglos que no apareces por aquí.
—No me da la vida.
—Eso dicen los que han prosperado.
Marcos sonrió.
—Me alegro de verte, Rafa.
—Ya. Yo también. ¿Sigues pagando la cuenta sin que lo noten estos dos figuras?
—Lo intento.
Nos puso tres cañas. A mí, con aceitunas. A Iván, sin nada. A Marcos, con una mirada de evaluación.
—Al del traje le pongo vaso limpio —dijo Rafa.
—¿Los demás somos unos apestados? —preguntó Iván.
—Con esos pelos no estás para pedir nada.
Nos sentamos en la barra.
Los tres juntos somos un accidente sociológico. Un sevillano divorciado que trabaja demasiado. Un segoviano divorciado que no trabaja lo suficiente. Y un pijo de cuna que intentó escapar de su destino, pero acabó en el despacho familiar con traje y alma de rehén.
No deberíamos funcionar como tridente.
Pero lo hacemos aceptablemente bien.
A la segunda caña, Iván abrió fuego.
—Pepito, cuéntale a Marcos lo de Ana.
—No.
—Cuéntaselo.
—No voy a contarle a Marcos lo de Ana.
Marcos levantó una ceja.
—¿Quién es Ana?
—Nadie. Tonterías de este.
—Una tía de Terra con la que ha quedado —dijo Iván con la discreción de una alarma de coche sonando a todo trapo a las 3 de la mañana en una calle residencial.
Marcos dejó la caña en la barra.
No la soltó.
La dejó.
Como quien aparta una copa antes de recibir malas noticias.
—¿De Terra?
—Sí.
—¿El chat?
—Sí, Marcos. El chat.
—¡No me jodais los dos, por favor!
—Tal y como has escuchado —dijo Iván—. ¿Te lo repito?
—No hace falta, «Pelopincho».
—Para eso están los amigos. Para ponerle subtítulos a tu decadencia.
Le conté lo justo.
El vermú.
La Latina.
La bufanda roja.
El casi plantón por culpa del tenis.
El Uber filosófico.
Que Ana era sevillana.
Que vivía en Madrid.
Que me llamaba Principito.
Marcos escuchó sin interrumpir. Eso es algo que hace Marcos y que resulta muy inquietante. La gente normal interrumpe. Juzga. Se ríe. Pide otra ronda. Marcos escucha como si estuviera comprando una empresa y todavía no hubiera decidido si la due diligence compensa.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Tiene conversación?
Buitres, esa es la diferencia entre un pijo y un tío normal.
El tío normal pregunta si está buena.
El pijo pregunta si tiene conversación.
Lo que los dos quieren saber es lo mismo, pero uno lo envuelve mejor.
—Tiene mucha conversación —dije.
—Eso es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque una mujer guapa te distrae un rato. Una mujer con conversación te pone la vida patas arriba.
Iván levantó un dedo.
—Confirmo. A mí me la cambió una de Rumanía y todavía no sé en qué trimestre vivo.
Marcos se rio.
Yo también.
Rafa, que estaba fregando vasos, también se rio.
—No le veo la gracia —dijo Iván.
—Eso es lo gracioso —dijo Rafa.
Rafa dejó unas croquetas.
Cuatro.
Éramos tres.
Rafa siempre pone una croqueta de más para generar conflicto. Es su manera de hacer televisión sin cámara.
Iván cogió la cuarta antes de que nadie le viera.
La justicia en los bares de Madrid se mide en croquetas. Y la de Iván es siempre sumarísima.
Marcos se reclinó en la barra.
—A propósito de Ana —dijo—. Pepe, ¿tú te acuerdas de Despina?
Se me cayó la aceituna.
Literalmente.
Rodó por la barra con la dignidad de un carterista que huye de la escena del crimen.
—No —dije.
—Sí —dijo Marcos.
—Marcos, no.
—Claro que sí Pepe.
Buitres, esta historia hay que contarla con cuidado porque todavía tengo un principio de taquicardia cuando oigo la palabra «moussaka».
Leeds. Año 2007. Marcos y yo llevábamos seis meses en Yorkshire, echando de menos el sol con la intensidad de un recluso esperando un vis a vis. Un sábado fuimos a Manchester. Fiesta internacional. La comunidad mediterránea entera fingiendo que el norte de Inglaterra era habitable si le ponías suficiente volumen.
Y ahí estaba Despina.
Griega.
Ojos negros.
Pelo rizado hasta los hombros.
Una sonrisa que no necesitaba pasaporte para cruzar fronteras.
Me miró dos veces desde la barra. A la tercera le devolví la mirada con la seguridad de un hombre que lleva seis meses sin que le mire nadie que no sea John para encalomarle trabajo extra.
—Ni se te ocurra —dijo Marcos.
—Solo la estoy mirando.
—Tú no la estás mirando, Pepe. Ya estás sopesando nombres de hijos con ella.
No le escuché.
Claro.
Me acerqué. Me animé con un piropo. Ella me contestó en un inglés que sonaba como si alguien hubiera metido el idioma en una trituradora y lo hubiera reconstruido con pegamento y buena voluntad. Entendí «music», «beautiful» y «Despina». Me pareció suficiente para una relación a largo plazo.
A las doce de la noche la comunicación verbal es una formalidad y la barrera del idioma es un trámite que se gestiona con el arqueo de las cejas.
Marcos me mandó tres mensajes que no vi.
A la una de la mañana, Despina me agarró de la mano y me dijo algo que interpreté como «vamos a mi casa».
Pepe, no.
Pepe, no sabes dónde vive.
Pepe, no sabes ni cómo se apellida.
Pepe, ya estás en el taxi.
Su casa resultó ser un piso encima de una taberna griega en las afueras de Manchester. No un piso compartido con amigas. No un estudio de soltera cosmopolita. Un piso encima de la taberna de su familia. De su tío Stavros. De la mujer de Stavros. Y de los primos de Despina, que al parecer vivían todos juntos en un sistema de organización doméstica que combinaba la hospitalidad helénica con la vigilancia de un cuartel de la Guardia Civil.
Llegamos acaramelados al portal. Despina sacó las llaves. Y entonces se abrió la puerta del bar.
Stavros.
Buitres, Stavros era un cincuentón bigotudo que parecía haber sometido al Minotauro a base de guantazos. Mandil blanco. Ceño fruncido. Un híbrido entre Bud Spencer y Xavier Azcargorta. Y una mirada que decía claramente: «Quién eres tú y por qué estás tocando a mi sobrina.»
No dijo nada.
Miró a Despina.
Miró mis manos.
Mis manos estaban en la cintura de Despina.
Retiré las manos a la velocidad de la luz.
Despina le dijo algo en griego.
Stavros me dijo algo en griego.
Yo emití un «thanks» con la convicción de un cordero entrando al matadero.
Apareció la mujer de Stavros.
Apareció un primo.
Apareció otro primo.
En menos de un minuto había cinco personas mirándome en el portal de una taberna griega a las tres de la mañana y yo solo acertaba a mascullar «hello», «sorry» y «jronia ke jronia» como si estuvieran a punto de llamar a la poli.
Marcos me llamó dos veces. No podía responder porque tenía la mano derecha ocupada en hacer gestos universales de «soy buena persona» y la izquierda sujetando mi dignidad por los pelos.
Stavros decidió que yo no me iba a ningún sitio a esas horas. No por hospitalidad. Por vigilancia. Me sentó en la cocina. Me puso un plato de algo que olía a orégano y a juicio divino. Y me presentó a Nikos, el primo mayor, que tenía la complexión de un luchador grecorromano y una habitación con sitio para dos.
Dormí con Nikos.
En la misma habitación.
En camas separadas.
Nikos roncaba como si estuviera serrando mármol del Partenón.
A las siete de la mañana sonó mi móvil. Diecisiete llamadas perdidas de Marcos. Tres mensajes. El último decía: «Pepe, el coche sale a las ocho. Si no estás aquí me vuelvo a Leeds sin ti y les digo a todos que has muerto en combate.»
Intenté escaparme.
Stavros ya estaba en la cocina.
Con café.
Con pan.
Con una sonrisa que significaba «no te vas sin desayunar en mi casa, inglés de mierda».
No soy inglés, quise decir.
Soy sevillano.
Pero en ese momento cualquier explicación geográfica habría empeorado la situación. Aunque, conociéndome, habría intentado explicarle que en Triana también tenemos tabernas y tíos con bigote. Y que los sevillanos no necesitamos un Stavros para vigilarnos. Para eso tenemos a nuestras benditas madres.
Desayuné pan con miel y un café que sabía a regaliz rancio.
Despina apareció en pijama, me guiñó un ojo desde el pasillo y desapareció. Jamás la volví a ver.
Salí del portal a las ocho menos cinco. Marcos estaba aparcado en doble fila con el motor encendido y la cara de un hombre que ha pasado la noche calculando cuánto le iba a costar la grúa emocional.
—¿Estás vivo? —dijo.
—Define vivo.
—¿Has dormido con la griega?
—He dormido con el primo de la griega.
Marcos arrancó sin decir nada más.
A los diez minutos se rio.
A los veinte todavía se reía.
Iván escuchó el relato entero con los ojos brillantes y una croqueta suspendida a medio camino de la boca.
—¿Dormiste con el primo? —dijo.
—Nikos. Se llamaba Nikos.
—Eso es lo más triste y lo más grande que he oído en mi vida.
Rafa levantó la vista.
—Si yo fuera tu aseguradora cancelaba todas tus pólizas. Eres un jodido kamikaze Pepito.
A la cuarta caña, Iván se levantó rumbo al baño.
Se enganchó la cazadora en el taburete.
La cazadora.
Siempre la cazadora.
Tiró su caña. La caña cayó sobre la barra, alcanzó las bravas, salpicó el traje de Marcos y terminó goteando sobre los zapatos de Rafa con la parsimonia de un reloj de arena lleno de cerveza.
Silencio sepulcral durante unas milésimas de segundo.
Rafa miró la cerveza en sus zapatos. Miró a Iván. Miró el traje de Marcos.
—¿Me lo descuentas de mi cuenta? —preguntó Iván.
—Te lo descuento de tu esperanza de vida —respondió Rafa.
Y fue entonces, con la barra todavía húmeda y los zapatos de Rafa todavía salpicados, cuando solté la pregunta.
No la había planeado.
Bueno, sí.
Pero la había planeado en secreto, que es como los cobardes llamamos a llevar tres días pensando una cosa y fingir que se nos acaba de ocurrir.
—Marcos, ¿tú sabes algo de Inés?
Marcos no contestó rápido.
Eso fue lo primero malo.
Iván dejó de masticar.
Eso fue lo segundo.
Rafa levantó la vista.
Eso ya era comité de crisis en toda regla.
Cuando dices el nombre de tu ex en un bar, todo el mundo presta atención. Es como anunciar «todo gratis» en Cataluña.
—¿Algo de qué? —dijo Marcos.
—El domingo me dejó a los niños con una hora de antelación. Dijo que tenía un plan. La vi distinta de lo habitual.
—¿Distinta cómo? —preguntó Iván.
—Abrigo nuevo.
—Cita.
—Perfume intenso.
—Cita con premeditación y alevosía.
—No sabemos eso. No seas cabroncete Iván.
Marcos bebió.
Demasiado despacio.
Cuando Marcos bebe despacio es que está eligiendo las palabras como quien elige un vino caro: mirando la etiqueta dos veces antes de decir nada.
—No sé nada.
—Marcos, cuando dices «no sé nada» con esa cara es que sabes algo.
Marcos dejó la caña.
—Pepe, Inés tiene derecho a tener una vida.
La frase cayó encima de la barra como una tapa fría que nadie ha pedido pero que el camarero te deja delante con cara de «te conviene probar esto». Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero una cosa es saber algo y otra que te lo diga un amigo con traje mientras tú tienes una croqueta abierta delante y cerveza de Iván secándose en la manga.
—Ya lo sé —respondí.
—No. Lo tienes que asumir. Que es distinto.
Silencio.
Iván, por una vez, no hizo chiste. Eso me preocupó más que cualquier cosa. Un Iván callado es como un semáforo en rojo en medio del desierto: algo va muy mal, aunque no sepas exactamente qué.
Luego levantó la caña.
—Brindo por Inés. Que tenga vida. Pero no demasiada.
—Eres idiota.
—Un idiota empático.
Rafa nos dejó la cuenta.
O eso creímos.
Marcos ya la había pagado. Sin que nadie lo viera. Es una habilidad de los ricos: pagar sin que parezca que han pagado.
—La próxima invito yo —dije.
Iván se rio.
Rafa también.
Incluso Marcos.
—¿Qué?
Rafa recogió los vasos.
—Nada. Que me gustan las novelas de ciencia ficción.
Salimos a la calle.
Hacía mucho frío.
Iván se puso la cazadora de aviador con la solemnidad de un astronauta antes de embarcarse en misión espacial.
Marcos me agarró del brazo antes de separarnos.
—Pepe.
—Dime.
—No te comas la cabeza con Inés.
—No me la como.
—Te la comes. Te conozco. Cuando te comes la cabeza pones la misma cara que cuando John te enmarrona con una auditoría que no te corresponde.
—¿Qué cara?
—Cara de hombre que intenta arreglar algo que ya no tiene solución.
Eso dolió. Como duele pisar descalzo un Lego de Lucas a las tres de la mañana: agudo, siempre en el peor sitio posible.
Me dio una palmada.
Y entonces dictó sentencia.
Como os anticipé al principio.
—Una cosa, Pepe.
—Dime.
—Ten cuidado con Ana.
—¿Con Ana?
—Con Ana.
—¿Por qué?
Marcos me miró con esa cara que pone cuando ha visto los números antes que tú y ha decidido que solo te va a enseñar la primera página del informe.
—Porque te conozco. Tú conoces a una tía, te gusta cómo habla, y en dos semanas ya estás eligiendo nombre para el perro. Con Inés a los tres días ya habías pensado dónde ibais a veranear. Con Despina te bastó una canción para acabar durmiendo con su primo.
—¡Qué exagerado!
—Es exacto. Que es peor.
Iván asintió despacio.
—Tiene razón. Cuando te gusta alguien pierdes quince puntos de coeficiente intelectual. Y no vamos sobrados, campeón.
—¡Cuánto te quiero pelopincho!
—Y yo a ti Pepito de mi vida.
Marcos no sonrió.
—Solo te digo una cosa. Pregúntale todo lo que no hayas hecho aún. Como no lo hagas la cruda realidad lo hará de golpe y lo sabes de sobra.
Eso no era un consejo.
Era un diagnóstico.
Hecho por un hombre que lleva veinte años viéndome meter la pata en los mismos lugares.
Se subió a su coche. Un coche que costaba más que mi hipoteca y parte de mis ilusiones. Se fue.
Buitres, me quedé en la acera más tieso que un paso de palio en una cuesta. Con Iván al lado y con la frase de Marcos dándome vueltas en la cabeza como una lavadora centrifugando calcetines sucios.
Pepe, no le des vueltas.
Es un consejo de amigo. Nada más.
Nada más.
Claro.
Si Marcos dice «ten cuidado», es porque me conoce tan bien que no necesita ver nada para saber que voy directo al abismo con la misma ilusión con la que fui al portal de Stavros.
—¿Tú crees que tiene razón? —pregunté.
—¿Marcos? —dijo Iván.
—Sí.
—Marcos siempre tiene razón. Ese es el problema de los pijos. Que aciertan con la misma facilidad con la que aparcan en doble fila.
Nos despedimos. Iván se fue con su cazadora, su pelo pincho y su caminar de John Wayne de la meseta.
Llegué a casa.
Comprobé la puerta.
Una.
Dos.
Tres.
Me quedé quieto.
La comprobé una cuarta.
Por Marcos.
Marcos me había recordado a Despina para decirme que soy un kamikaze. Pero los kamikazes no comprueban la puerta cuatro veces. Los kamikazes no dudan. Yo dudaba de todo. Menos de Ana. Y eso, viniendo de mí, era lo más parecido a una misión suicida.
Miré el móvil.
Ana me había escrito mientras cenábamos.
Ana: ¿Qué haces?
Ana: No me digas que estás con EjecutivoDiscreto43.
Sonreí.
Ese era el problema. Que sonreí antes de recordar la frase de Marcos. Sonreí como un bobo, como sonríen los hombres que llevan toda la noche oyendo verdades incómodas y prefieren abrir un WhatsApp que procesarlas.
Yo: Iván, Marcos y tapas. Demasiadas tapas.
Ana: Tu vida es una telenovela, pero con fritanga de bar.
Yo: Y cerveza derramada sobre un traje.
Ana: No sé por qué no me sorprende en absoluto.
Buitres, hasta aquí todo normal. Todo bien. Todo con esa tontería de dos adultos que se mandan mensajes a medianoche y fingen que no es importante.
Y entonces Ana hizo algo que no había hecho.
Cambió de tercio.
Ana: Oye, Principito. Que tú me has contado taco de cosas y yo no te he contado ná.
Ana: Eso no es justo.
Me levanté del sofá. Fui a la cocina. Abrí el grifo. Me llené un vaso de agua. Que es lo que hacen los hombres cuando necesitan dos segundos antes de contestar algo importante: fingir que tienen sed.
Tenía razón. No era justo. Yo le había entregado vida, obra y milagros y ella apenas había soltado prenda.
Yo: No quería agobiarte.
Ana: Principito, eso no es consideración. Eso es canguelo con modales.
Ana: Me enganché de un madrileño. Ocho añazos. De esos que cuando se lo cuentas a una amiga te dice «niña, ¿pero tú no te veías venir lo que era?»
Dejé el vaso en la encimera.
Ocho añazos.
Hay condenas por robo a mano armada más cortas.
Yo: ¿Ocho años?
Ana: Como las mudanzas que nunca se hacen. Que siempre estás «a punto de» y al final mueres en el mismo piso.
Yo: ¿Y a qué se dedicaba el individuo?
Ana: Emprendedor.
Yo: ¿De qué?
Ana: Esa es la pregunta que me hice yo los primeros seis años.
Ana: Tenía un proyecto. Siempre tenía un proyecto. Cambiaba cada cuatro meses. A veces era una app. A veces era una plataforma. Una temporada fue un podcast sobre «liderazgo consciente».
Yo: ¿Liderazgo consciente?
Ana: Grabó cuatro episodios. No los escuchó ni su madre.
Ana: Iba con el Macbook a todas partes. Al bar. A desayunar. A las bodas de mis amigas. Lo abría, tecleaba veinte minutos como un poseso y luego me decía «perdona, es que estoy cerrando una cosa importantísima».
Ana: No cerró nada en ocho años. Ni la cosa ni el Macbook.
Ana: Y unas gafas de pasta. Unas gafas de pasta sin graduar que se ponía para las reuniones «importantes».
Yo: ¿Sin graduar?
Ana: Sin graduar. Para «proyectar seriedad». Me lo dijo con esas palabras. Proyectar. Seriedad. Un tío que debía tres meses de alquiler.
Volví al sofá con el vaso.
Conocía a la especie. La había visto en bares pidiendo cerveza artesanal y explicando «modelos de negocio» a cualquiera que no saliera corriendo. El emprendedor de humo. El hombre que vive en futuro continuo porque el presente no le cuadra la caja.
Yo: Ese tío era como mi compañero Gigi, pero sin el acento italiano y sin la gracia. Gigi al menos reconoce que no trabaja. Te lo dice en cinco idiomas.
Ana: jajaja
Ana: Pues mira, el mío encima vivía en Malasaña «porque tiene rollo». Compartiendo piso con un tío que hacía kombucha casera. Y me decía que Sevilla era «preciosa para ir de puente pero que él no se veía viviendo allí».
Ana: Imagínate. Un bocachancla que no se veía viviendo en Sevilla pero que se veía fundando el próximo Amazon desde un cuartucho en Malasaña con olor a fermento.
Miré por la ventana. Madrid de noche. Pensé en Ana con treinta años en Pagés del Corro, cruzando el puente hacia un madrileño con Macbook que le prometía el oro y el moro. Una trianera cambiando el Guadalquivir por un cuarto en Malasaña con olor a kombucha. Eso sí que era fe.
Ana: Pero lo del piso es lo gordo, Principito.
Ana: Ocho años prometiendo que nos íbamos a vivir juntos. «Cuando cierre la ronda.» «Cuando estabilice el flujo de caja.» Y yo ahí con cara de boba asintiendo como si supiera lo que era un flujo de caja.
Ana: ¿Y sabes lo que hacía? Guardar pisos en Idealista. Cada semana uno nuevo. «Mira, Ana, este tiene terraza.» «Mira, este tiene vestidor.» Como si Idealista fuera un plan de futuro y no la carta de los Reyes Magos para un adulto que no piensa comprar nada.
Yo: ¿Cuántos llegó a guardar?
Ana: Cuarenta y siete.
Yo: ¿Los contaste?
Ana: Los conté la noche que le dejé. Cuarenta y siete pisos en favoritos. Ninguno con contrato de arras.
Aquí la conversación cambió. Los mensajes de Ana ya no eran ráfaga. Eran uno. Y otro. Con espacio entre ellos.
Ana: Yo quería ser madre, Pepe.
Solo eso. Un mensaje. Solo.
Miré la pantalla. Miré el vaso de agua.
No contesté. Esperé.
Ana: Y me pasé ocho años esperando a que un señor con Macbook y sin nómina decidiera que había llegado «el momento».
Ana: El momento le llegó seis meses después de dejarlo.
Ana: Con una de veintiocho que iba a su coworking.
Ana: A esa no le pidió que esperara.
Ana: A esa le hizo una criatura antes de cerrar ninguna ronda.
Silencio.
No escribí.
Ana no escribió.
Miré el chat. El cursor parpadeando. Como la puerta cuando la compruebo: una presencia que no dice nada pero que está ahí.
Yo: Ana.
Ana: ¿Qué?
Yo: Ese tío no tendría también un patinete eléctrico.
Ana: jajajajaja
Ana: Arooo. Blanco. Lo aparcaba en el salón como si fuera una escultura.
Ana: Principito, escúchame una cosa.
Ana: Cuando yo te digo «necesito tiempo» no es broma.
Ana: No es un «hoy no» de esos míos.
Ana: Es que el último que me gustó me tuvo ocho añazos con una lista de pisos como proyecto de vida.
Ana: Y ahora apareces tú.
Ana: Y me haces gracia.
Ana: Y me das yuyu.
Yo: ¿Yuyu?
Ana: Yuyu grande, Principito. Del que te entra cuando algo te gusta demasiado y ya sabes que lo que te gusta demasiado siempre acaba costándote caro.
Ana: Porque me haces reír. Y el anterior también me hacía reír. Y mira cómo acabó la broma.
Ana: Así que ya lo sabes, Matador. Si algún día me propones un piso con terraza y luz natural por la mañana, voy a necesitar escrituras, nota simple y referencia del administrador de la finca.
Yo: ¿Me aceptas un tupper de mi madre como aval?
Ana: Depende de lo que haya dentro.
Yo: Croquetas de bacalao.
Ana: Aprobado con nota. Las croquetas de una madre sevillana valen más que la ronda de financiación de cualquier bocachancla con Macbook.
Me reí solo en el sofá. Como un señor con problemas.
Dejé el vaso en la mesa. Miré la pantalla. Ana seguía ahí. Conectada. A medianoche un jueves. Después de contarme lo que acababa de contarme.
Cuarenta y siete pisos en Idealista.
Y al final la trianera se fue sin ninguno.
Y ahora está aquí. En un chat. Conmigo. Con Matador84. Que no tiene ni proyecto, ni Macbook, ni gafas de pasta, ni patinete Aro.
Solo tiene un cuenco de llaves, una puerta que comprueba cuatro veces y una madre que manda croquetas.
A lo mejor eso es suficiente.
A lo mejor no.
Cerré el móvil.
Me metí en la cama.
Yuyu.
Me dormí sonriendo.
Qué error.
· · ·
— 8 —
· · ·
Buitres, Inés me llamó.
No me envió un audio.
Me llamó.
Eso, viniendo de mi exmujer, huele a peligro. Es protocolo de emergencia. Inés no llama. Inés manda audios. Audios limpios, secos, sin saludo, sin despedida. Absolutamente quirúrgicos. Que Inés coja el teléfono y marque tu número significa que lo que viene no cabe en un audio.
Pero antes de la llamada, antes de la comida y antes de que mi vida se pusiera del revés como un calcetín de Lucas, tengo que hablaros de Ana.
Porque Ana llevaba varios días desaparecida.
El viernes todavía parecía normal. Me mandó una foto de un vermú en una terraza con sol.
Ana: Practicando para la próxima vez.
Yo: Practicando para sobrevivir a Gigi.
Ana: Eso no es café. Eso es agua sucia Pepe.
Ana: Pero tú aguanta, Principito. Que el domingo te invito a uno de verdad y te enseño cómo se vive de verdad.
El sábado escribió menos. El domingo cometí un delito lingüístico.
Yo: Buenos días, Principesa.
Tardó cuatro horas en contestar.
Ana: Perdona. Día complicado.
Sin emoji. Sin jajaja. Sin Principito. Con punto final. Un punto final de Ana vale por un discurso entero de cualquier otra persona. Ana no pone puntos finales. Ana pone exclamaciones, collejas y cariño entre líneas. Un punto final en Ana es como ver a Rafa sin aceitunas: algo ha pasado y nadie te va a explicar qué.
El lunes le escribí. Doble check azul. Nada. El martes otra vez. Doble check azul. Nada. El doble check azul es la guillotina silenciosa del siglo veintiuno. No te mata. Te deja vivo mirando cómo alguien ha leído tu mensaje y ha decidido que no mereces respuesta.
Abrí Terra. La busqué en la sala. TrianeradeCuna no estaba.
El miércoles a las 7:42, cuando ya llevaba tres noches durmiendo una media de tres horas, llegó un mensaje.
Ana: Pepe, lo siento. No puedo explicarte esto ahora. Por favor, no contestes. Necesito tiempo. No tiene que ver contigo. O quizá sí. No lo sé. Perdóname.
«No contestes.» «Necesito tiempo.» «O quizá sí.» «Perdóname.»
Cuatro frases. Cuatro comprobaciones de puerta. Pero esta vez la puerta no era mía.
No contesté. No porque no respetara su petición. Porque no sabía qué decir. Y cuando yo no sé qué decir, la cosa es grave.
Guardé el móvil en el bolsillo como quien guarda una factura que no puede pagar. Fui a trabajar. Me senté delante de mis pantallas y mientras fingía que revisaba números, lo único que revisaba era el chat de Ana cada once minutos. Once. Porque mi cerebro, cuando se desconfigura, también quiere parecer original.
Y mientras yo miraba un móvil que no sonaba, la vida se estaba quitando el cinturón para atizarme por otro lado.
La noche anterior me había llamado Marcos.
—Pepe.
—Dime.
—No quiero alarmarte.
Buitres, cuando alguien dice «no quiero alarmarte», la alarma ya está instalada, homologada y conectada a la policía.
—He cenado con Beltrus.
Beltrus es Beltrán Arroyo-Ledesma. Amigo de Marcos del colegio. Pijo de cuello vuelto. Casado con Cova, Covadonga Prado-Montero. El matrimonio ganador del premio nobel de endogamia. Y Beltrus tiene una especialidad: enterarse de todo lo que pasa en un radio de tres apellidos compuestos y contarlo antes del postre.
—Beltrus es un bocazas.
—Marcos, al grano.
—Dice que Inés le ha comentado algo a Cova. Algo gordo.
Marcos respiró. Mal.
—Inés se va.
Silencio.
—¿Cómo que se va?
—Eso me contó. También escuchó que Cova preguntaba: «Dios mío, ¿y los niños?»
Los niños. Ahí cambió todo. Porque una cosa es que Inés tenga vida, citas y abrigo nuevo. Otra cosa es que la vida de Inés se lleve por delante la logística de Bosco y Lucas. Los despertadores. Las mochilas. Las cenas. Las fiebres a las tres de la mañana. El mundo real.
Marcos colgó poco después. Marcos hace eso. Te deja una bomba en tu salón y se va antes de que preguntes qué cable hay que cortar para desactivarla.
Esa noche comprobé la puerta cuatro veces. La cuarta fue por los niños.
A la mañana siguiente llegó el mensaje de Ana. El de «no me busques.» Y dos horas después sonó el teléfono.
Inés.
No audio. Llamada.
—Pepe, tenemos que hablar.
Cuatro palabras. Las cuatro peores del idioma español.
—No por teléfono. Quiero que comamos juntos mañana. En La Tasquería. A las dos.
La Tasquería. Mantel blanco. Copa buena. Camarero que dice «señor» sin ironía. La gente no va a La Tasquería a hablar de cambiar un fin de semana de custodia.
—De acuerdo —dije.
—Y Pepe. Ven presentable, por favor.
Colgó.
Ven presentable. En boca de Inés, eso no es un consejo estético. Es una orden militar con camisa planchada impecablemente.
Pasé la noche del miércoles sin dormir.
Me tumbé en la cama y mi cabeza empezó a hacer lo que mejor sabe hacer: construir desastres con materiales imaginarios.
Inés quería decirme algo.
Algo importante.
Algo que no se puede decir por teléfono.
¿Qué le dices a tu exmarido en una comida con mantel blanco que no puedes decirle en un audio de veinte segundos?
Que has conocido a alguien.
Ahí estaba.
Inés había conocido a alguien. El abrigo nuevo. El perfume. El plan del domingo sin nombre. Até cada cabo con la destreza de quien resuelve un crimen que solo ha ocurrido dentro de su cabeza.
Pero mi cerebro no paró ahí. Mi cerebro nunca para donde debería.
Porque si Inés había conocido a alguien y quería casarse otra vez, necesitaba un documento crucial: la nulidad matrimonial.
Nos casamos por la iglesia. En Serrano. Trescientos invitados. Mi madre llorando en primera fila. El padre Ignacio leyendo las lecturas con esa voz que tenía de locutor de radio nocturna.
Inés, con un vestido que costó más que mi coche. Yo con una cara de felicidad que ahora, vista desde los cuarenta y dos, me parece la cara de un pobre diablo firmando una hipoteca multidivisa durante la burbuja inmobiliaria.
Para que Inés pudiera casarse otra vez por la iglesia, nuestro matrimonio tenía que dejar de existir. No el civil. El civil ya estaba muerto y enterrado. El de Dios. Y para anular el de Dios hace falta el Tribunal de la Rota.
Me imaginé sentado en un despacho del Arzobispado. Una silla de madera que no estaba diseñada para la comodidad sino para el arrepentimiento. Un cura con gafas, con toda la carita de Jordi Hurtado, preguntándome si cuando me casé lo hice con plena libertad y conocimiento. Yo contestando que sí con la cara de un hombre al que le están pidiendo que justifique quince años de su vida delante de un crucifijo y una mesa de formica.
«¿Hubo consumación?»
Buitres, ¿os imagináis a un cura preguntándome si hubo consumación?
Hay dos hijos. Claro que hubo consumación. Los hijos son la prueba. Pero yo, que soy un cobarde hasta para afirmar que el agua moja, me vi tartamudeando sudoroso en ese despacho.
Y lo peor no era el cura. Lo peor era mi madre enterándose de todo.
Soledad Villamartín recibiendo la noticia de que el matrimonio de su hijo había sido declarado nulo por la Iglesia. Mi madre, que guarda la foto de mi boda en la mesilla del dormitorio. Mi madre, que reza por la reconciliación cada novena. Mi madre, que sigue llamando a Inés «tu mujer» como si el divorcio fuera una avería temporal que te arregla el manitas de turno.
La oí en mi cabeza con una claridad que daba miedo:
«José María, ¿me quieres explicar qué es eso de la nulidad? ¿Tu matrimonio no vale? ¿Los niños qué son entonces, hijos del Espíritu Santo?»
Me dormí a las cuatro. Soñé con ese cura, con sonrisa deslumbrante, que me decía «fantástico» mientras firmaba mi nulidad con un bolígrafo de plata.
Jueves. Dos de la tarde. La Tasquería.
Llegué diez minutos antes. Inés ya estaba allí. Por supuesto. Inés siempre llega antes. Es su forma de decirte que tú llegas tarde incluso cuando llegas a tiempo.
Me senté. Cogí el vaso de agua. Me tembló la mano. Cogí la servilleta. Se cayó. La recogí. Se enganchó en la pata de la silla. El camarero me miró como se mira a un señor que todavía no sabe que va a necesitar ayuda. Inés observó todo aquello con la paciencia de una mujer que lleva quince años viendo a un hombre perder peleas contra objetos inanimados.
—No comes —dijo.
—No tengo hambre.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me dijiste «ven presentable».
Inés dejó el tenedor.
—Pepe, no es lo que piensas.
—¿Y qué pienso?
—No lo sé. Pero sea lo que sea, no es eso.
Inés tenía razón sin saber la pregunta. Eso es muy Inés. Es como jugar al ajedrez con alguien que no solo conoce tus jugadas sino también las que soñaste a las cuatro de la mañana con un cura imaginario.
—Me han ofrecido un puesto en Londres.
Londres.
No el Tribunal de la Rota. No un nuevo novio. No una nulidad matrimonial.
Londres.
Sentí un alivio de medio segundo. Medio segundo en el que pensé: no es lo que temía. Después, el medio segundo se fue y lo que vino fue peor, porque lo que temía era ridículo, pero esto era real.
—Es temporal. Un proyecto de reestructuración para el grupo europeo. Mínimo seis meses. Quizá nueve.
—¿Y los niños?
Inés me miró. No con dureza. Peor. Con confianza administrativa. Esa mirada que dice «ya he calculado todo y tú eres una variable más de la ecuación».
—Los niños se quedan contigo.
Lo dijo así. Sin prólogo. Sin anestesia. Los niños se quedan contigo. Como quien dice: la sal está ahí.
—¿Los dos?
—Claro que los dos, Pepe. No me voy a llevar uno y dejar otro. Es de cajón.
—Es que Bosco me da más miedo que tú.
—Eso es porque Bosco ha salido a mí.
—Ya. Ese es el problema.
—Es la oportunidad de mi carrera. No puedo decir que no. Y tú eres su padre.
La vi venir. La frase. El estribillo. La cornada antigua.
—Para eso eres su padre.
Hay frases que no necesitan ser gritadas a los cuatro vientos. Esta la deja caer Inés como quien pone una servilleta encima de la mesa: despacio, con aplomo, y sabiendo que a partir de ahí la conversación ya no es una conversación. Es un acta.
Podría haber dicho que no. Podría haber soltado un «Inés, necesito pensarlo». Podría haber sido un hombre que pone condiciones, que negocia, que suelta un «esto no es razonable sin más contexto». Podría haber hecho cualquier cosa que no fuera lo que hice.
Que fue asentir.
Como hago siempre.
—¿Cuándo?
—En tres semanas.
Tres semanas. Bosco. Lucas. Colegio. Mochilas. Cenas. Deberes. Lavadoras. Calcetines desparejados…
La logística entera de dos vidas humanas de catorce y once años. Hasta ahora gestionadas por una mujer con el temple de un controlador aéreo en Mallorca en pleno verano.
Y ahora lo iba a gestionar yo. El de los cascos de cable. El maniático de la puerta y los enchufes. El hombre que una vez metió una camiseta roja de Lucas con la ropa blanca e Inés le fulminó como si hubiera cometido un crimen contra la humanidad.
—¿Y cómo...? —empecé.
Inés levantó la mano.
—Ya está organizado.
Buitres, quiero que os detengáis aquí.
«Ya está organizado.»
Organizado. Mi exmujer acababa de organizar mi propia vida sin consultarme. Sin preguntarme. Sin pedirme opinión ni parecer.
—He hablado con tu madre. Tu madre viene la semana antes de que yo me vaya. Se instala el tiempo que haga falta. Tu padre viene con ella.
Mis padres. En mi casa. Instalados. El tiempo que haga falta.
—¿Mi madre ya tiene billete?
—AVE del viernes 27. Los dos. Alguien tenía que hacerlo.
Alguien tenía que hacerlo.
Esa frase, dicha con esa naturalidad, contenía todo lo que Inés piensa de mí y todo lo que probablemente sea verdad: que yo no lo habría hecho, que yo habría tardado tres semanas en llamar a mi madre, que yo habría acabado pidiendo pizza el primer lunes y llorado el martes, y que alguien —siempre alguien que no soy yo— tiene que encargarse de que mi vida funcione.
Y lo peor. Lo peor de verdad. Es que tenía razón.
Comimos en silencio. Un silencio de divorciados que acaban de firmar un armisticio nuevo. No incómodo. Pragmático. El silencio de dos personas que ya no se quieren como antes pero que siguen necesitándose por las circunstancias de la vida.
Al salir, Inés se puso el abrigo. Gris. Impecable.
—Pepe. Lo vas a hacer bien.
No lo dijo como cumplido. Sonó como una orden de John.
—¿Y si no sale bien?
—Tu madre estará ahí.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí sí.
Se fue. Tacones. Abrigo gris. Paso firme. Y yo me quedé mirándola como la primera vez que la vi irse de una cocina en casa de Marcos hacía diecisiete años. La misma espalda. La misma seguridad. Distinta dirección.
Volví andando. Por Fuencarral. Solo. Con ese frío de Madrid que no te congela, pero te recuerda que estás lejos de casa. Mi padre habría sabido qué cara poner en esa comida. Mi padre lleva cuarenta años asintiendo a lo que dice Soledad y todavía no ha perdido la dignidad. Yo en una comida con Inés la pierdo antes del segundo plato.
Saqué el móvil. Abrí el chat de Ana.
Último mensaje: Perdóname.
Ana había desaparecido. Inés se iba a Londres. Mis padres venían a Madrid. Y Bosco y Lucas iban a ser míos.
Míos de verdad.
No míos de fines de semana alternos. No míos de pizza y película. Míos de lunes. Míos de despertador. Míos de mochila. Míos de fiebre. Míos de «papá, no hay leche». Míos de todo.
Llegué a casa. Comprobé la puerta. Una. Dos. Tres. Cuatro.
Me senté en el sofá.
El móvil vibró.
Por un segundo pensé que era Ana.
No.
Era mi madre.
Soledad.
Mensaje de voz. Un minuto y cuarenta y tres segundos. Mi madre no manda audios. Mi madre manda homilías en formato mp3.
Le di al play.
«José María, soy mamá. Me ha llamado tu mujer. Ya está todo hablado. Vamos para Madrid tu padre y yo el viernes 27. No te preocupes, hijo, que lo primero que voy a hacer es ordenar esa casa, ver lo que tenéis en la nevera, hacer un menú semanal y poner un poco de orden en general, que falta te hace. Tu padre se viene conmigo que me ayude con las maletas y de paso que esté con los niños mientras yo organizo. He hablado con tu hermano y Carmen me ha dado el nombre de un sitio que reparte verdura a domicilio que dice que es muy bueno, aunque yo me fío más de ir al mercado y tocar la fruta con mis propias manos, pero bueno, allí todo funciona distinto. Le he puesto una vela a la Virgen del Rocío, que nunca está de más. Ah, y otra cosa, hijo: cuando vuelva Inés de Londres, a ver si os sentáis los dos como Dios manda y habláis las cosas, que esto tiene arreglo si los dos ponéis de vuestra parte.»
De fondo, apenas audible: «Sole, déjalo, que el niño ya es mayorcito.»
Mi madre, sin inmutarse: «Tú calla, José María, que no te enteras de nada.»
Fin del audio.
El móvil en la mano.
Mi madre creía que Inés y yo íbamos a volver. Mi madre venía a Madrid no solo a ayudar con los niños sino a arreglar mi matrimonio, mi nevera y probablemente mi alma. Y mi padre venía con ella porque mi padre lleva cuarenta años yendo donde Soledad decide que va, con la misma cara de resignación que yo pongo cuando Inés me dice «ven presentable».
Pepe, tú eres tu padre.
Pepe, no.
Pepe, sí.
Pepe, siempre has sido tu padre.
Miré la puerta, el móvil y mi casa, que ya no parecía mi casa. Parecía la escena previa a una intervención militar organizada por dos mujeres que no necesitan permiso para entrar en tu vida y reorganizarla de arriba abajo.
El viernes 27 llegan mis padres.
Inés se va a Londres.
Ana no contesta.
Bosco y Lucas vienen con maletas.
Y yo tengo tres semanas para convertirme en un padre de verdad.
Tres.
Semanas.
Puerta grande o enfermería.
Solo que esta vez no hay puerta grande.
Solo puerta.
Y mi madre viene a comprobarla.
Me cepillé los dientes. Apagué las luces. Comprobé la puerta una última vez, aunque ya daba igual.
Me estaba metiendo en la cama cuando vibró el móvil.
Iván.
Audio. Cuarenta y dos segundos.
Le di al play.
Música de fondo. Ruido de bar. Voz pastosa.
«Pepito, tío, una pregunta rápida. ¿Tú crees que debería volver con Ioana? Es que estoy aquí pensando y creo que aún me quiere. A lo mejor no es tan mala idea. Bueno, y si es mala idea es MI mala idea, ¿sabes? Y eso tiene un valor. ¿No? Pepe. ¿Estás ahí? Da igual. Llámame mañana. O no me llames. Pero piénsalo. Bueno, piénsalo tú que yo ya no puedo. Un abrazo, torpedo.»
Iván borracho a la una de la mañana pensando en Ioana. Ese hombre no tiene remedio. Ni horario. Ni vergüenza. Ni un amigo que le quite el móvil después de la tercera copa.
Sonreí.
Y justo entonces, mientras todavía sonreía, vibró otra vez el móvil.
Ana.
Ana: El vermú fue de verdad, Pepe. Lo demás no sé explicarlo todavía. Pero necesito que sepas eso.
Se me borró la sonrisa como se borra un nombre en una pizarra.
«Lo demás.»
¿Qué es lo demás?
¿Qué había que explicar?
¿Qué parte de lo que yo creía que era Ana no era Ana?
Colombo abrió la libreta.
Pero esta vez la cerré yo.
Yo: ¿Qué es lo demás, Ana?
El «escribiendo...» apareció.
Desapareció.
Apareció.
Desapareció.
Nada.
Me levanté.
Comprobé la puerta.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
No dormí.
Y esta vez no fue por las croquetas, ni por mi madre, ni por Londres.
Fue por «lo demás».
Cuando averigüé qué significaba «lo demás», me arrepentí de haber preguntado.
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